La cuestión de los "inclasificables de la clínica". Vicente Montero.

Cuando supe el titulo de la presentación de Ana Soriano en el Espai Clínic del 1 de febrero de 2020, I. Una chica inclasificable, me vino inmediatamente a la cabeza el libro Los inclasificables de la clínica psicoanalítica, publicado en 1997 por Miller y colaboradores. El libro es una recopilación de casos presentado en 1996 en la reunión de Conversaciones Clínicas de Angers y la que se celebró un año después en Arcachon. Allí, diferentes autores abordaron casos raros e inclasificables, que se resistían a las clasificaciones estructurales.
Un año después, en 1988, en la 3ª reunión de Conversaciones Clínicas celebrada en Antibes surgió, a propuesta de Miller, el término Psicosis Ordinaria. Según su autor, este término no es exactamente un concepto ni mucho menos una propuesta de clasificación. Para él es un significante que crea para ordenar la experiencia e impulsar a la investigación de esos casos que se podrían confundir con la normalidad.
La introducción por parte de Jacques Lacan del concepto de Significante del Nombre del Padre parecía poner orden en la clínica, de una manera que ningún otro psiquiatra o psicoanalista pudo hacer nunca, incluido el propio Freud. Si el Significante del Nombre del Padre estaba forcluido, no se trataba de una neurosis. Por fin, un criterio estructural permitía no tenerse que basar exclusivamente en la sintomatología observable.
Pero la clínica es tozuda y no se presta mansamente a entrar en las clasificaciones. E, incluso, a veces no se presta de ninguna de las maneras. Los casos inclasificables proliferaban cada vez más y Lacan no fue indiferente a ese real. Precisamente, es de lo real de lo que se empieza a preocupar cada vez más en su enseñanza. A partir de la única clase que impartió el 20 de noviembre del 1963, en el seminario que concluyó ese mismo día y que tituló: Los Nombres del Padre, el término Significante del Nombre del Padre lo va utilizando cada vez menos, hasta que prácticamente desaparece a partir del seminario de 1974-74, que tituló R.S.I. En ese seminario dice:
Tuve inmediatamente la certidumbre de que ahí había algo precioso para mí, relacioné ese nudo borromeo con lo que desde entonces se me aparecía como anillos de cuerda, con esas tres consistencias particulares, con eso que yo había reconocido desde el comienzo de mi enseñanza.
La introducción de la clínica basada en la cadena-nudo de los Registros Real, Simbólico e Imaginario, le permitió dar cuenta de un posible enfermo inclasificable, James Joyce, y nos permite a todos los que intentamos seguir su enseñanza pensar de otra manera la clínica. Pero ese es un tema para otro artículo.
Volviendo a lo anterior, en la historia de la psicopatología psiquiátrica y psicoanalítica no han sido pocos los autores que han hecho referencia a esos casos fronterizos, difíciles de clasificar. que parecen estar sin Si Miller tiene que inventarse un significante para promover la investigación de los casos confusos entre neurosis y psicosis, es posible que sea porque no haya leído suficientemente la psicopatología, ni psiquiátrica ni psicoanalítica, porque intentos de teorizar lo fronterizo entre la neurosis y la psicosis o entre lo patológico y lo normal hay como para parar un tren. Posiblemente, también, la crisis que supuso el cuestionamiento de la clínica diaria sobre las estructuras, tal y como se entienden siguiendo la primera enseñanza de Lacan, azuzó el ingenio de los psicoanalistas reunidos en esas Conversaciones.
En fin, sea como fuere, las clasificaciones siempre han sido necesarias a los seres humanos para intentar entender la realidad. De todos modos, nunca estuvieron más de moda como en el siglo XVIII a partir del naturalista sueco Carl Linneo. Goethe escribió de él:
Con la excepción de Shakespeare y Spinoza, no conozco a nadie, entre los que ya no viven, que me haya influido más intensamente.
Y el filósofo Jean-Jacques Rousseau le envió el mensaje:
Díganle que no conozco a un hombre más grande en la tierra.
En 1731 creó un sistema de nomenclatura binomial para clasificar a los seres vivos: la primera palabra indicaba el género, a la que seguía el nombre de la especie. Asimismo, fue quien agrupó los géneros en familias, estas en clases y las clases en reinos.
Evidentemente despertó la envidia y el deseo de imitarlo en el resto de las mentes científicas del considerado siglo de la Ilustración. Y los alienistas no querrían ser menos.
Pero en el siglo en que da comienzo la anatomía patológica, el problema para los alienistas, sin alteraciones anatómicas visibles en los cerebros de sus enfermos, no era ya sólo diferenciar las insanias entre ellas, sino ya distinguir la enfermedad de la salud.
En la última conversación clínica de nuestro equipo, celebrada ayer hasta bien entrada la noche, me pidieron que no hablara de Sándor Ferenczi… Y no hablaré de él… sino de todos los demás.
En 1777, Cullen, el inventor del término Neurosis, hablaba de reacciones en ciertas personas, que no estaban totalmente enfermas, pero no se comportaban como el resto de sus contemporáneos.
Geslain, en 1852, describió el Délire avec conscience o Délire sans délire.
Griensinger, en 1872, se refirió a las Aberraciones de la inteligencia para reseñar desviaciones del comportamiento y la conducta normalmente aceptada.
Y en 1884 Hughes describió el Estado fronterizo de la locura. (Es de destacar, que en aquella época, ningún otro médico habló del estado fronterizo de las fiebres, por ejemplo).
Siguiendo con el problema, se considera a Philippe Pinel, médico francés en el Hospital de Salpêtrière de finales del siglo XVIII y principios del XIX, el que hizo la primera descripción de lo que hoy consideraríamos trastorno de la personalidad en casos fronterizos con la locura. En su Tratado médico-filosófico sobre la alienación mental de 1809, describe una serie de pacientes con tendencia a conductas súbitas y violentas con momentos de actuación aparentemente normal, que Pinel diferenciaba de las enfermedades mentales y cuyo cuadro clínico denominó Manie sans délire.
En 1918, Erns Kretchsmer publicó un trabajo sobre lo que denominó el Delirio de relación de los sensitivos, delirio poco estructurado, con elementos paranoides, que aparecía tras situaciones de fracaso, desengaño, burlas o humillaciones, todo ello sobre un fondo de Personalidad sensitiva, es decir, en individuos tímidos, retraídos, muy sensibles, susceptibles a los comentarios o las críticas de los demás y con bajo concepto de sí mismos.
Bleuler, el inventor en 1907 del término Esquizofrenia, señalaba una serie de casos con clínica no claramente psicótica, que agrupó en lo que denominó Esquizofrenia latente. Según él, eran una forma de esquizofrenia crónica que podía no llegar nunca a manifestar delirios o alucinaciones, pero que afectaba la personalidad y el funcionamiento del sujeto.
En cuanto a los psicoanalistas, muchos postfreudianos, ayudándose en las concepciones de Abraham, Tausk, Stern, Fairbain y, sobre todo, de Melanie Klein, optaron por pensar en un estado intermedio de un proceso evolutivo que va desde la más primitiva desorganización a una organización más madura. Curiosamente, muchos de los que trataron el tema de los estados límite habían trabajado ampliamente con pacientes graves y drogadicciones.
En 1932, E. Glover, trabajando con toxicómanos, y con los conceptos aún no desarrollados totalmente de Melanie Klein, situó las drogadicciones en una fase intermedia entre una especie de organización primitiva esquizoide y la posición depresiva. También continuador de los trabajos de Abraham, Tausk y Simmel, constataba que los casos de toxicomanía bordeaban la neurosis obsesiva y la melancolía e, incluso, en algún casos, la paranoia. En palabras de Glover:
La situación podría representar una transición entre el sadismo exteriorizado amenazante de un sistema paranoide y el sadismo interiorizado realizado de un sistema melancólico.
Aunque Melanie Klein ya había publicado en 1932 El Psicoanálisis de niños, Glover adelanta algunas de las elaboraciones posteriores de la autora sobre los Precoces estadios psicóticos universales y el Edipo precoz.
En 1938, Adolf Stern, el inventor del término Borderline, describió a esos pacientes como sujetos que no pertenecen a la psicosis ni a la neurosis.
En 1942, Fairbairn, siguiendo a Balint, describió modos de funcionamientos en el límite entre esas dos entidades clínicas que denomino Personalidades esquizoides, caracterizadas por la intensidad del vínculo con los objetos primarios, la dependencia del objeto externo, la importancia de la angustia por la pérdida de objeto, la indiferenciación de la relación sujeto-objeto, la fantasmática destructiva, el solapamiento de los estadios del desarrollo libidinal y las imagos parentalesmal diferenciadas, siendo la una el doble de la otra. Si se siente vacío, decía Fairbairn, era porque, regresando a la posición paranoide, mediante la escisión, el paciente había vaciado el objeto considerado malo.
En 1942, Hélène Deutsch, apoyándose en el concepto de Falso self de Winnicott, describió la personalidad As if (como sí), un modo de adaptación al entorno identificándose con él como respuesta a la falta de investidura objetal, con una profunda despersonalización, por lo que la realidad externa ocuparía la realidad interna inexistente.
Melanie Klein, en 1946, desarrolla el concepto de lo que denominó Posición esquizoparanoide, añadiendo al desarrollo de Fairbairn el mecanismo de Proyección y posteriormente el de Identificación proyectiva.
Eisenberg en 1949 y Wolberg en 1952 describieron rasgos psicológicos comúnmente presentes en pacientes Borderline,como la susceptibilidad, la intensidad de los afectos, la facilidad con que el paciente se siente rechazado y abandonado, y la gran intensidad de la ansiedad y la culpa.
En 1953, Knight subraya la gran fragilidad de las funciones del yo, la fuerza de los impulsos primitivos inconscientes y las fuerzas instintivas desintegradoras, lo que se manifestaría en impulsos y fobias de impulsión. Por otro lado, el yo del sujeto pediría a la realidad exterior que compense la desfalleciente realidad interior y el vacío del espacio interno.
En 1959, Melita Schmideberg, la hija de Melanie Klein, consideró el estado límite como una entidad específica y estable ensu inestabilidad. Destacaba de estos pacientes la falta de empatía en la relación con el otro, la susceptibilidad y la tendencia a la querella, el sentimiento crónico de vacío, que les empujaría a comportamientos excesivos y consumo de tóxicos, la incapacidad para soportar heridas narcisísticas, la debilidad del yo, que condicionaría su intolerancia a la frustración, los trastornos del pensamiento y del juicio, así como la ansiedad y depresión severas.
Siguiendo esa estela, en 1974, Jean Bergeret propuso una teoría para los estados límite que los ponía fuera de las psicosis y las neurosis. Para él, el estado límite no es una estructuración, sino más bien una Aestructuración. Se trataría de un estado en el límite de la neurosis y la psicosis, un modo de funcionamiento fundamental de la personalidad que él denominó economía límite. La progresión de sus ideas le llevó a acercarse cada vez más a las patologías depresivas, especialmente a lo que denominó Depresión esencial y a las psicopatías. Su referencia fundamental pasó a ser el narcisismo y el riesgo fundamental sería la depresión melancólica por la pérdida del objeto. De ahí la relación de dependencia con el otro. Por otro lado, debido a la falta de representaciones sexuales y de todo cuanto pudiera referirse al conflicto edípico desarrollado, los padres serían considerados como equivalente el uno al otro, uno dominante y otro dominado, uno bueno y el otro malo. No hay angustia psicótica, sino una angustia de pérdida de objeto, es decir, una angustia propiamente depresiva. Para Bergeret, el mecanismo esencial sería la escisión del objeto que acompañaría a la regresión narcisista, etapa involutiva hacia la escisión del yo, pero a la vez defensa contra eso mismo. El yo se deformaría, pero no se despedazaría, lo que marcaría la diferencia con las psicosis esquizoparanoides. La carencia de lo imaginario daría lugar a defensas maníacas y a mecanismos de identificación proyectiva, donde una parte de sí mismo es puesto en otro lugar. La idealización de los objetos favorece las relaciones de dependencia y la escisión entre los objetos idealizados y los objetos amenazantes totalizados, de acuerdo con la posición depresiva de Melanie Klein, produciría que el yo se deformara. Bergeret consideraba la existencia de un trauma afectivo real en el origen del trastorno, lo que actuaría como desorganizador impidiendo el acceso al Edipo. Se trataría más de un proceso defensivo que de una estructura psicopatológica, un proceso frágil, por tanto, susceptible de nuevas desorganizaciones según los avatares del desarrollo. De ese modo podrían sobrevenir diferentes evoluciones: estados depresivos, maníaco-depresivos, fóbicos, toxicomanías, caracteriopatías e incluso organizaciones perversas, pero nunca esquizofrenia ni paranoia.
En 1973, André Green junto con Donnet describieron lo que denominaron psicosis blancas. Basándose en las concepciones de Freud, Winnicott y Bion afirmaban que estos pacientes, en lugar de espacios transicionales, crean síntomas que desempeñan la función de éstos y de ahí el parecido del pensamiento contradictorio de los Borderline con la lógica contradictoria del espacio transicional de Winnicott.
En 1990, Green propone diferenciar locura de psicosis, con lo que se acerca a la concepción de Maleval. Pero a diferencia de éste, consideraba la pasión y la locura como elementos primeros y primarios de la evolución humana. A la Locura de pasióndel bebé, directamente proporcional a la fuerza del ello y anterior a cualquier representación, respondería la Locura materna, aunque de manera contenedora. Si ese yo auxiliar, contenedor y especular, no se encuentra lo suficientemente garantizado, las posibilidades de elaboración del niño se ven sobrepasadas y el yo debe hacer frente a la doble angustia de intrusión y de separación. Todo ello induciría problemas en los límites del inconsciente que provocarían problemas de Escisión y Depresión primaria, con las consecuentes dificultades con las pérdidas y las intrusiones y escisiones con respecto al exterior y al propio cuerpo.
Más tarde, en 1975, el que fue presidente de la IPA , el norteamericano Otto Friedmann Kernberg, al que se le atribuye el concepto actual de Trastorno límite de la personalidad, adoptando los puntos de vista de Melanie Klein, explicaba el mecanismo de formación del trastorno borderline a partir de una debilidad inespecífica del yo, la incidencia de los procesos primarios del pensamiento y la existencia de mecanismos de defensa primitivos y específicos, como la escisión, la idealización primitiva, formas precoces de proyección, identificación proyectiva, negación y omnipotencia. Para Kernberg, el paciente límite no entiende la intervención del analista como una interpretación, sino como un juicio, aunque a pesar de todo tiene un cierto efecto organizador, al contrario que en las psicosis disociativas.
Más recientemente, Bernad Brusset recuerda que en los Borderline es frecuente encontrar bajo una capa de Falso self una actividad fantasmática grosera con contenido pregenital, que condensa la oralidad, la analidad y la genitalidad infantil, que podría dar lugar a una genitalidad precoz o centrada en una escena primaria con emergencias pulsionales muy directas e intensas, que contrastarían con los estados neuróticos, donde los mecanismos de represión y proyección vendrían a contrainvestir la actividad fantasmática, permaneciendo ésta inconsciente.
Por su parte, Catherine Chabert reconoce las fantasías de seducción tanto en las histerias como en los trastornos limite, pero con la diferencia de que en las histerias el adulto es siempre considerado como agente activo en tanto que ellas sufren la seducción de manera pasiva, mientras que en las Borderline ellas son agente activo de esa seducción, lo que les hace sentirse culpables, deslizándose fácilmente hacia una deriva melancólica autoacusadora.
Por último, volviendo a la psiquiatría, el influyente psiquiatra francés Henri Ey, que también estableció el concepto de Bouffée delirante (psicosis aguda transitoria) como una forma de reacción psicótica, la gran mayoría de veces en neuróticos, adoptó una postura práctica similar a los postfreudianos, al describir lo que denominó Esquizoneurosis.
Después de esta breve exposición de las “escasas” aportaciones de algunos de los autores que se las tuvieron que ver con casos de difícil diagnóstico, para los cuales vaya mi más sincero reconocimiento por enfrentarse a la dureza de la clínica sin apenas protección, quiero recordar en esta ocasión en particular a dos: Sándor Ferenczi (del cual ya dije que no iba a hablar) y Michael Balint. Por cierto, dos autores que han brillado por su ausencia en este pequeño recorrido histórico que he extraído de textos de autores de la IPA.
En 1947, Michael Balint, el húngaro salvaje, como lo llamaban sus colegas de la Escuela inglesa, introdujo el concepto de falta básica. Vacío o falta, como la llamaban sus pacientes, que para Balint era el indicador de una esfera (no quería hablar de etapa para no entrar demasiado en la cronografía) pre-edípica (por tanto, pre-verbal), donde el desajuste entre el bebé y la madre producía a aquel una sensación parecida a un vacío crónico. Lacan presenta en la Sociedad Psicoanalítica de Paris en 1937 su Estadio del espejo, aunque su elaboración completa la presentará en 1949 en el Congreso de Zurich. Tanto para Lacan como para Balint, en ese ámbito, sólo participan dos personajes, aunque para Lacan estará presente el I (A), lo que le permitirá enlazar esa función con lo simbólico. Basándose en La confusión de lenguas entre los adultos y el niño de Sándor Ferenczi escrito de 1932, para Balint era inútil intentar interpretar al paciente con términos edípicos, ya que su lengua no sería la misma. Habría que inventar otra forma de intervención y de manejo de la transferencia.
Artículo de Vicente Montero Sierra
1 de febrero de 2020
¿Cómo se forma un psicoanalista?
¿CÓMO SE FORMA UN PSICOANALISTA? Autora: Laura Vaccarezza
La formación del psicoanalista pivota alrededor del trípode freudiano: análisis personal, saber teórico y control. Supone la imbricación de la teoría y la clínica, el anudamiento entre el saber experimentado y el saber teórico. Esto la diferencia de otras prácticas ya que el psicoanálisis trabaja con el sujeto del inconsciente, con la subjetividad que es particular para cada sujeto. Se trata pues de una tarea que se hace con la materia que aportan quienes consultan. Es por esto que insisto en que la formación no tiene que ver con la forma, sino con las formaciones del inconsciente, tal como decía Lacan. ¿Cómo hacerlo, dónde formarse para ello, con quién, con qué garantías? son los puntos que intento desarrollar en este libro.
SUMARIO: Introducción. 1. La formación: un poco de historia. 2. El análisis personal: Devenir analista como efecto de la cura. El analista como producción, como efecto del acto analítico. La autorización. Pasaje de analizante a analista. El fin de análisis. 3. La supervisión: Análisis de control. La transferencia de trabajo. La suposición de saber en la supervisión. 4. Clínica y transmisión: El saber bajo transferencia. El saber textual. El saber referencial. Anudamientos. 5. «Hacer» caso: El dispositivo. Esquema del dispositivo. Efectos. Acto de transmisión. Escritura y transmisión: trabajos realizados. 6. La Presentación clínica. Cómo decir la clínica. De lo privado a lo público. El caso. 7. El Cartel: El dispositivo. Los cartelizantes. La función del Más Uno. 8. El Pase: Pase en intensión (pase en la cura o pase 1) y en extensión (ante otros, pase 2). El dispositivo del pase. Cuestionamientos al dispositivo. Pase con o sin nominación. 9. Las asociaciones psicoanalíticas: ¿Por qué se agrupan los psicoanalistas? Institución y síntoma. Modelos asociativos. 10. Apéndice: Intervenciones realizadas sobre la formación: ¿En nombre de quién? (Paris, 1991). Psicoanálisis y Secta (Bruselas, 1996). La Formación del psicoanalista y el contexto social (Nueva York, 1998). ¡Qué Formación? (Palma de Mallorca, 1999). Perspectivas presente y futuro del psicoanálisis (Barcelona, 2000). El valor de las instituciones (Barcelona, 2006). Momentos de un recorrido (Madrid, 2008). Mi testimonio de pase ( Paris, 2014). 168 pág. Libros disponible en papel y en formato electrónico EPUB.
ISBN libro impreso: 978-84-09-15552-1. ISBN libro digital epub: 978-84-09-15925-3
¿Qué decir del psicoanálisis como forma de exilio? Montserrat Rodríguez Garzo
Por exilio entendemos lo que define la situación del que es separado del suelo propio. Desterrado. Defino exilio usando la etimología que viene de los usos populares del término, ya que la relación del término suelo (solum) con el origen de exilio (exsul) estaría explicada por una s añadida no referenciada con suficiencia (en el latín arcaico siempre aparece escrita como exul sin el supuesto añadido gráfico de la “s” que aparece en el latín clásico y justificaría su relación con el sentido). Se abre una pregunta ¿Qué significa suelo propio?
“Exiles, es verdaderamente el acercamiento a algo que es para él [Joyce] el síntoma. El síntoma principal es, por supuesto, el síntoma constituido por la carencia propia de la relación sexual. Pero es preciso que esta carencia cobre una forma. No cobra cualquier forma.
Esta forma es para Joyce la que lo ata a su mujer, la tal Nora, durante cuyo reinado él elucubra Exiles. Se ha traducido [al francés] Les Exilés, cuando [Exiles] también quiere decir Les Exils. No podría haber mejor palabra que exilio para expresar la no-relación, y precisamente en torno a esta esa no-relación gira todo lo que hay en Exiles.
La no-relación, es que no hay verdaderamente ninguna razón para que él considere como su mujer "una mujer entre otras". Una mujer-entre-otras es también la que se relaciona con cualquier otro hombre. Se trata precisamente de este cualquier otro hombre en el personaje que él imagina y para el cual, en este momento de su vida, sabe despejar la elección de la una- mujer en cuestión, que no es otra que Nora.”[1]
Exiles, la única obra de teatro escrita por Joyce, es una obra cómica. Así lo decía Joyce, insistiendo en una calificación que no parece haber sido compartida por los que se han ido acercando a esta obra, a su lecturas o a su representación. Pero para Joyce, era cómica. ¿Qué puede haber de cómico en Exiles? Quizá esta calificación de Joyce sea una defensa, una manera de dirigir el humor hacia sí para mitigar el sufrimiento. Lo cómico lleva en sí lo trágico, tanto como la misma tragedia. “…ocupa un lugar dentro de la gran serie de aquellos métodos que la vida anímica de los seres humanos ha desplegado a fin de sustraerse a la compulsión del padecimiento, una serie que se inicia con la neurosis y culmina en el delirio, y en la que se incluyen la embriaguez, el abandono de sí, el éxtasis.”[2]
Joyce vivió la mayor parte de su vida exiliado, situación que, paradójicamente y en sentido estricto, le da un lugar propio; o un modo de apropiarse de un lugar, de arraigarse sinthomáticamente en los márgenes de un lugar posible, el de la escritura con la que va informando su posición en relación a la no escritura de la relación sexual. Esa es la trama del sínthoma, el exilio como lugar posible en el mundo; así es en Joyce y en cualquier ser hablante, expresado analíticamente. Y en Joyce, el sínthoma, la obra/ el obrar con el lenguaje como determinación de un modo de vivir la errancia siendo el exilio, quizá lo podamos pensar como la defensa necesaria para ir haciendo con las presentaciones de la completitud del Otro. Una manera de leer las salidas de Joyce. El sínthoma como suelo propio, arraigo necesario a toda posible producción. Así para cualquiera, salvando las distancias.
Montserrat Rodríguez Garzo
[1] Lacan, J. Seminario 23, Paidós, Buenos Aires, 2006, p.68
[2]Freud, S. “El humor”. O. C. Amorrortu, V. XXI. Buenos Aires, 1987, p. 157.
Contradicciones de la Psiquiatría médica. En la teoría y en la práctica. Julio Company Ortega
RESUMEN
Este texto no trata sobre una nueva psiquiatría o un manifiesto de ruptura con el abordaje actual de los trastornos mentales. Más bien trata de poner de relieve el alejamiento sistemático de lo genuino del individuo, por un proceder basto, impreciso, pero a la vez implacable, característico de la psiquiatría médica imperante. Me cuestiono si esta aproximación al padecimiento existencial no contribuye, por el contrario, a la cronificación de dicho sufrimiento al verse forzado el sujeto a identificarse, sin opción, a una posición pasiva que lo sitúa como enfermo mental. Desde la mirada de un psiquiatra al uso se resaltan contradicciones evidentes, tanto en la teoría como en la práctica, y se indaga sobre el núcleo del aferramiento, terco, a las mismas.
Palabras clave: trastornos mentales, genuino, psiquiatría médica imperante, cronificación, posición pasiva, enfermo mental, contradicciones
RESUM
Aquest text no tracta sobre una nova psiquiatria o un manifest de ruptura amb l’abordatge dels anomenats trastorns mentals. Més aviat tracta de posar de relleu l’allunyament sistemàtic del que és genuí en l’individu, un procedir bast, imprecís, però alhora, implacable, característic de la psiquiatria mèdica imperant. Em qüestiono si aquesta aproximació al patiment existencial no contribueix, per contra, a la cronificació d’aquest patiment en veure forçat el subjecte a identificar-se, sense opció, a una posició passiva que el situa com a malalt mental. Des de la mirada d’un psiquiatra a l’ús, es ressalten contradiccions evidents, tant en la teoría com en la pràctica, i s’indaga sobre el nucli de l’aferrament, tossut, a les mateixes.
Paraules clau: trastorns mentals, genuí, psiquiatria mèdica imperant, cronificació, posició passiva, malalt mental, contradiccions
1. DESCOMPENSACIÓN SIEMPRE POR FALTA DE MEDICACIÓN
Uno de los preceptos más habituales en la práctica diaria en psiquiatría, que se da en conversación con compañeros o en coordinaciones con otros dispositivos, es que, la descompensación de un trastorno mental, se explica siempre por falta de medicación. Pondré como ejemplo un caso que me hizo pensar, irrumpiéndome las cuestiones más ingenuas, pero que no he podido responder todavía. Se trataba de una coordinación con un servicio concreto con el que trabajamos y explicaban el caso de una mujer que había presentado una fase maníaca. Comentaban que era una paciente diagnosticada de trastorno bipolar tipo I, y que, en los últimos cuatro años no había tomado su medicación eutimizante. La conclusión fue, que la descompensación se debía al abandono de la misma.
La pregunta que se me presentó ineludible fue ¿qué la mantuvo estable durante tantos años? Si aplicamos la fórmula biologicista, es decir, [lesión cerebral + medicación estabilizadora], la única explicación es que el psicofármaco haya tardado en metabolizarse cuatro años. ¿Sería este caso comparable a un cuadro de diabetes o de hipertensión? ¿Qué pensaríamos si durante cuatro años dejas una medicación y estás totalmente asintomático? En este punto se presentan otras contradicciones, por ejemplo, personas con supuesto diagnóstico de enfermedad mental grave que están estables sin medicación o durante periodos largos, o personas que pese a la medicación crónica se descompensan.
La cuestión es, que, si nuestro discurso se enfoca en describir enfermedades mentales crónicas equiparándolas con el resto de enfermedades somáticas, es decir, que requieren de una medicación continua y para toda la vida ¿cómo encajan las anteriores situaciones en esta ecuación? ¿Por qué en vez de obviar estos hechos, pensamos en qué factores permiten a la persona estar estable, más allá de la toma psicofármacos? dicho de otro modo, ¿qué otras variables son las que hacen que una persona permanezca compensada? Son preguntas que caen por su propio peso, pues no son casos aislados, pero ¿por qué no nos lo paramos a pensar? Citaré algunos factores que pueden contribuir a ello:
- La carga asistencial: un psiquiatra al uso en régimen ambulatorio puede llegar a tener en su agenda de trescientos a seiscientos pacientes. Se trata de una carga asistencial enorme, pues no sólo incluye el aspecto clínico (visitas programadas, grupos de terapia, visitas o llamadas de urgencia), sino también el burocrático (derivaciones, informes asistenciales de diversa índole), el social-jurídico (peritaje en juicios), las coordinaciones con el propio equipo u otros dispositivos de la red de salud mental, reuniones de diversa índole y convenios de docencia. En mi opinión dicha carga asistencial condiciona totalmente el caso que se está tratando, facilitando respuestas groseras, generalizadas, y apartándose de la singularidad de cada situación.
- La instrucción psiquiátrica oficial: la formación tradicional, sobre todo para el psiquiatra, es totalmente médica, que podría condensarse en [síntoma + medicación], por lo que, en general, no hay noción de otra realidad fuera del perímetro biologicista, así que, la actitud ante cualquier otra explicación, y como ante todo lo que desconocemos, suele ser defensiva o evitativa.
- La comodidad o la evitación de más estrés: resulta mucho más llevadero asociar la descompensación a falta de medicación, pues tardas cinco minutos en instruir a la persona que tienes delante, que indagar en qué factor externo y o subjetivo ha sido el precipitante de la descompensación, lo cual, en cambio, puede acarrear varias visitas, es decir, meses, y eso en caso de que haya una disposición por parte del interlocutor. Instruir a una persona en neurotransmisores y un par de medicaciones con el precepto de que es para toda la vida se tarda muy poco tiempo. Explorar la dimensión personal, en cambio, es decir, su posición ante la vida, sus relaciones, sus fantasías, su angustia nuclear, sus defensas, sus suplencias, los significantes que lo designan, las coyunturas de desestabilización, etc., es decir, indagar en lo genuino de la persona es algo complejísimo para lo que se requeriría, en cambio, años.
En esta misma línea, si se produce una recuperación o mejoría siempre se deberá a la medicación, tanto si el cambio se produce inmediatamente, como si lo hace a meses vista. Por ejemplo, durante mi rotación en la unidad de agudos en mi época de residente, observaba, a veces, que la estabilización clínica se producía de forma repentina e ingenuamente preguntaba qué factores contribuían a que una persona se recuperara a los pocos días de estar ingresada, y en cambio otra tardara hasta cuatro semanas en hacerlo. La respuesta siempre era por la introducción de tal o cual pauta farmacológica. La contundencia que percibía de la respuesta era tal que no osaba cuestionarla. Quedaba en silencio, pero en mi fuero interno pensaba cómo dos aspectos contrarios podían tener la misma solución, sin introducir ninguna variable más.
Sobre la estabilidad psicopatológica, en general, ¿no es posible que se esté excluyendo el distanciamiento con ciertos factores desencadenantes que le posicionan a un de tal o cual manera, la narrativa de lo sucedido que la misma persona elabora con el tiempo, la adquisición o recuperación de suplencias o nuevas relaciones que permiten un posicionamiento subjetivo diferente? Todas estas variables, quizá menos palpables y difíciles de evaluar, y sin embargo determinantes, no se contemplan, o lo que es más grave, apenas se tiene noción de ellas.
Ocurre también que, después de años de medicación, la persona que la abandona se desestabiliza, con lo cual, se infiere, de nuevo, que se debe a la falta de medicación. Sin embargo, me asaltan otras hipótesis, como, por ejemplo, ¿no se modulará el cerebro, después de décadas de perpetua pauta farmacológica, de manera que se haga dependiente a la misma? ¿No es posible, también, que la persona tras años de constante psicoeducación y subyugada a coordenadas como la medicación es para siempre, no dejes la medicación o empeorarás, o de modo indirecto con continuas alusiones a la misma, esté representada por una serie de significantes, fuera de los cuales quede totalmente desprovista de identidad?
Me gustaría citar, ahora, algunos ejemplos de primeras descompensaciones extraídas tanto de la literatura psiquiátrica como de la práctica diaria y que, en este tenor, me hacen pensar qué se pone en juego más allá de un supuesto desequilibrio irreversible de neurotransmisores.
- La hermana de una paciente se casa; ésta última se va a vivir con ella; el marido de la hermana va a la mili; en este periodo de ausencia del marido, la hermana tiene un amante; la paciente, aunque en contradicción, facilita la relación; en un momento dado, ésta empieza a sentir que el nuevo amante de la hermana se siente atraído por ella (la paciente); ésta brota cuando ve a la hermana mayor y al amante besarse.
- Paul Schreber, caso clásico de psicosis, presenta un cuadro psicótico cuando le nombran miembro del tribunal de Apelación de Dresde.
- Una madre, que siempre había soñado con serlo, entra en descompensación psicótica cuando el médico le da el niño tras el parto.
- Una mujer, que había sido sodomizada desde que era pequeña, en la adolescencia presenta incontinencia fecal. Inicia un cuadro alucinatorio grave en el momento en que le reconstruyen el esfínter anal.
- Un investigador que lleva décadas trabajando en una investigación. Presenta un cuadro psicótico en el momento en que la publica.
¿Cómo se explican todos estos ejemplos desde un punto de vista biológico? ¿Se trata quizá de un estrés agudo que lleva a la desorganización de neurotransmisores? ¿Lo podría demostrar para poder afirmarlo de forma tan tajante? Por ejemplo, en cuanto a la primera suposición, seguramente la persona habrá soportado a lo largo de su vida situaciones de mayor carga emocional, así es que, ¿por qué ha sido en ese contexto concreto donde ha salido a escena la psicosis? ¿Por qué por un lado nos desentendemos de buscar la bisagra que torna hacia la locura, pero por el otro, damos una unívoca explicación biológica?
¿No funcionamos, quizá, a partir de unos parámetros que determinan la percepción tanto del mundo que nos rodea como de nuestra identidad, pudiendo acontecer situaciones que los hagan tambalearse?
2. CONTRASTE DE LA PSIQUIATRÍA CON RESPECTO DEL RESTO DE ESPECIALIDADES MÉDICAS
Una de las cosas que se le exige a cualquier especialidad médica, más hoy en día, es la correlación anatomo-clínica. Es decir, la relación entre la clínica y el hallazgo lesivo causal y sus secuelas, no en uno, sino en diferentes planos: anatómico (macroscópico), anatomopatológico/histopatológico (microscópico) y actualmente, incluso, el genético y epigenético. Ésta es quizá una de las más evidentes contradicciones, ya que nunca se verá a un psiquiatra pedir una sola prueba diagnóstica, sino que, por el contrario, dirá que la pide para descartar organicidad, pero ¿no habíamos quedado que lo psiquiátrico es biológico, luego orgánico? Así pues, ¿asumimos que la psiquiatría se sostiene en la medicina sin poder explicar ninguna de sus enfermedades desde un punto de vista anatómico, fisiopatológico ni genético, es decir, sin un agente causal?
A lo largo del siglo XVII surge en Europa y América un movimiento filosófico que será conocido como la edad de la razón o la ilustración. Sus participantes querían iluminar el intelecto humano y la cultura después de la oscura Edad Media. El interés se desplazó hacia el hombre y concretamente en el alcance de la plenitud a través de la razón, lo cual se fue haciendo extensible al ámbito social, económico, político y científico. En este marco, los médicos impusieron la jerarquía del método por encima de las teorías generales y se empeñaron en hallar el agente causal último de las enfermedades del cuerpo. Sobre este eje, se buscaría identificar las enfermedades naturales del hombre, que debían cumplir ser numerables e irreductibles, con un proceso y pronóstico determinado y consecuentes a un agente causal concreto. Por ejemplo, una neumonía se debía diferenciar de una apendicitis y ésta de la gota, ya que las tres tendrían unos signos concretos en diferentes órdenes: el clínico, el anatómico y el anatomopatológico. Paralelamente, si se hallaba el agente causal de una patología, se definiría un tratamiento específico para aquél. Consecuencia de ello, se descartaron, por un lado, las teorías generales, y como corolario se rechazaron también las panaceas, es decir, aquellos tratamientos que servían, en teoría, para cualquier tipo de padecimiento.
La psiquiatría, podría aspirar acercarse al resto de la medicina si se hallara, para cada supuesta enfermedad, un agente causal concreto, es decir, que para corroborar que una persona tuviera, supongamos, esquizofrenia, halláramos en sangre una sustancia única y común en todas las personas que hubiéramos diagnosticado de la misma. Podríamos llamar a esta sustancia, a modo de ejemplo, esquizofreína, y, si observáramos que a determinados valores por encima se iniciara la clínica que asociamos a esta psicosis, y a otros valores por debajo remitiera, estaríamos en condiciones de afirmar que su origen es biológico. Lo mismo para la melancolía-manía y para la paranoia. Dicho así parece absurdo, reduccionista y propio de la ciencia ficción, sin embargo, es lo que anhela la psiquiatría médica, es decir, un marcador biológico que delimite una enfermedad de otra. Si estamos lejos de alcanzar este punto, mucho más lo estamos de asignar una enfermedad mental a un determinado gen, lo cual, revelándose una hazaña imposible se ha optado por justificarse desde la multicausalidad, lo multifactorial o lo biopsicosocial, es decir, volver, en mi opinión, a constructos generales y teorías vagas que no apuntan a nada en concreto ¿no es otra contradicción?
Este aspecto queda más difuminado si cabe en el terreno de la neurosis, la cual queda enmascarada con términos tan comunes, y a la vez que inespecíficos, como son la depresión, la distimia o trastorno de la personalidad. Bajo estos constructos se puede encontrar, en muchas ocasiones, desde gente agotada y en condiciones externas muy diversas, personas en duelo por pérdidas de diferente índole, conflictos internos reactivos a diversos factores de estrés, hasta incluso, síntomas iniciales de un desencadenamiento psicótico posterior. Dado que hoy en día se ha perdido el valor de la causalidad psíquica y se ha promocionado el diagnóstico rápido equiparando el síntoma superficial con la estructura, ha tenido lugar la aparición de una cantidad ingente de diagnósticos superficiales de escaso valor pronóstico y mucho menos, que señalen un tratamiento preciso.
Por otra parte, el tratamiento en psiquiatría es lo más parecido a una panacea, es decir, a un remedio poco específico que sirve para muchas cosas, lo cual es debido a que no hay una sustancia natural sobre la que actuar. Por ejemplo, podríamos emplear un mismo tratamiento, pongamos un antipsicótico, para un caso en que se considere de impulsividad excesiva, para una situación de ansiedad generalizada suficientemente invalidante, para una ideación obsesiva, para sintomatología psicótica o para el insomnio pertinaz. También para alguien tipo que advirtamos como raro. Como psiquiatras médicos, nos quedamos tan anchos, pero ¿qué pensaríamos si para la hipertensión, nos pautaran un antidiabético o la hormona tiroidea? ¿no dudaríamos de su precisión tanto diagnóstica como terapéutica?
También hay diferencia en el objetivo último que persiguen las especialidades médicas con respecto de la psiquiatría. La finalidad de las primeras es evitar la muerte del sujeto derivada de un proceso morboso natural y consecuencia directa de una disfunción orgánica o aliviar el dolor somático. La psiquiatría, sin embargo, intenta controlar la sinrazón o el padecimiento existencial. Parecen, más bien, realidades diferentes, dado que la muerte es algo universal, mientras que el sentido de una conducta o el padecimiento existencial se asocian a una cultura determinada y un tiempo histórico particular.
3. PARTICULARIDADES DE NUESTROS DIAGNÓSTICOS
Se infiere de lo descrito anteriormente, que si no hay un agente causal nuestro diagnóstico tampoco apuntará a una lesión orgánica específica, como sí lo es, por ejemplo, un infarto de miocardio con elevación del segmento ST, el cual conllevará a una intervención determinada acorde con la lesión descrita. Conforme a esta particularidad, tanto el tratamiento como el pronóstico en psiquiatría se vuelven imprecisos. Como veremos más adelante los psicofármacos inhiben o atenúan la conducta por un efecto depresor del sistema nervioso, pero no porque estén subsanando una lesión. Así sucede, entonces, que bajo una misma etiqueta diagnóstica respiran individuos totalmente distintos con manifestaciones clínicas y conductuales tan dispares que nada tienen que ver con el diagnóstico al que quedan perpetuamente asociadas ¿Qué tendrá que ver una persona con una ideación delirante aguda que remitió y sigue con su vida en apariencia normal; con otro que decidió silenciarse para siempre; con otro cuya desorganización conductual es tal que no puede vivir más que en un centro cerrado; con otro que escucha voces comentadoras de vez en cuando y que lejos de asustarle le hacen compañía; con otro a quien le atemorizan de forma constante y vocifera para deshacerse de ellas? ¿Cómo es posible que una etiqueta diagnóstica suture toda esa discontinuidad?
Otra peculiaridad de nuestros diagnósticos se da, a veces, cuando advertimos estructuras que podemos considerar como psicóticas por los síntomas, por la manera de relacionarse, por el tipo de ansiedad, por funcionamiento general, por el peso de certeza de sus ideas, etc., pero decidimos diagnosticar de trastornos calificados como leves porque convenimos que la persona se maneja con suficiente normalidad como para no ser diagnosticada con tal losa, es decir, que en muchas ocasiones se tiene en cuenta el impacto estigmatizador e invalidante en muchos campos de su vida, que sobreviene al ser diagnosticado de una enfermedad mental ¿es este efecto estigmatizador, común al resto de especialidades médicas?
La psiquiatría debe de ser de las pocas especialidades médicas cuyo manual diagnóstico oficial cambia radicalmente sus criterios cada cierto tiempo sin que haya una causa natural o biológica que lo justifique. Sería como si de repente encontráramos en los manuales diagnósticos de cardiología que el corazón se sitúa a la derecha sin encontrar una explicación para ello ¡Como si la naturaleza cambiara en función del consenso entre un puñado de expertos!
Sobre este manual se pueden decir muchas cosas. En primer lugar, ¿no es sospechoso que se hable de trastornos mentales? Es decir, con respecto a la causa de las enfermedades mentales, si decimos constantemente, sin albergar ninguna duda, que se trata de una disfunción en la cantidad de neurotransmisores en determinadas áreas del cerebro, ¿por qué no calificarlo de enfermedad cerebral? ¿Por qué emplear términos tan difusos como trastorno y como mental? ¿Por qué teniendo la oportunidad de condensar tanta (e)videncia, en el momento de la verdad tomamos términos tan poco biológicos como trastorno, que se aleja de una supuesta lesión y por lo tanto de lo médico, y mental, que sí, en cambio, es un término más común en el terreno de la psicología, la antropología, la literatura, y otras ciencias humanistas? ¿Se trata de un volantazo desesperado para evitar una colisión mortal?
El DSM define el trastorno en términos de comportamiento, con lo cual se produce una diseminación de la patología. Por ejemplo, en vez de considerar la timidez y el nerviosismo como síntomas de una categoría clínica subyacente por descubrir, éstos se convierten en una categoría en sí misma, la fobia social. La idea de causalidad psíquica compleja o vida interior desaparece, para definirse como acausal y ateórico. Y ¿no vuelve a ser una contradicción permanecer en el terreno médico y erigirte sin causa biológica alguna para justificar un diagnóstico? Se desmorona la diferencia entre el síntoma y la estructura. Cualquiera puede tener un tic, una fobia, un desorden alimenticio, una obsesión, pero deberíamos estudiar qué lugar ocupa eso en la vida del individuo. Se da validez a la parte por el todo, por ejemplo, una conducta obsesiva te convierte en un neurótico obsesivo; una conducta histérica en un histérico. Se borra, en definitiva, la diferencia entre lo superficial y lo profundo, con lo que cada vez se generan más categorías clínicas facilitando que cada aspecto de la condición humana pueda convertirse en un trastorno. Parece que, cuanto más ligeros sean los criterios diagnósticos, mayor sector de la población abarcará y más fácil será diagnosticar y tratar una conducta.
Otra característica resaltable, es que a veces se fuerzan diagnósticos para diferentes finalidades, como por ejemplo para buscar recursos sociales, para introducir a la persona en protocolos que aseguren un mayor seguimiento y adherenciao para cumplir con programas específicos, pues si no se llega a un mínimo de determinadas etiquetas diagnósticas no te financian o te penalizan. Por ejemplo, en un determinado CSMA tienen que llegar a un 33% de diagnósticos TMS (trastorno mental severo) a final de cada año, o si no la administración multa con una sanción económica. El usuario debe adaptarse al dispositivo y no al revés ¿Tendría que ser así si nos rigiéramos por leyes de la naturaleza?
Operamos desde lo biológico y, sin embargo, en nuestra práctica clínica nunca solicitamos una sola prueba biológica diagnóstica. ¿No es eso algo cuestionable? Toda gira entorno a esta teoría, justificando así el tratamiento psicofarmacológico y el aferramiento al mismo de forma crónica, desconociendo, contradictoriamente la calidad y la cantidad de receptores/neurotransmisores del paciente que tengo delante. Jamás va a basarse en algo real que yo le pueda mostrar a esa persona, sino que se creará un discurso sobre un imaginario que tanto él como yo debemos aceptar. De hecho, en el resto de las especialidades médicas, si, bajo un supuesto, se hace una prueba diagnóstica y finalmente no resulta confirmatoria, se sigue buscando la causa o finalmente se define la enfermedad como idiopática, pero no se afirma o se generaliza de continuo algo indemostrable.
La cuestión es, ¿nos son de utilidad los diagnósticos si no sirven para precisar, desde un punto de vista estrictamente biológico, una prueba diagnóstica, una lesión específica, un pronóstico o concretar un tratamiento específico? ¿Qué diferencia hay, desde el periscopio positivista, entre una paranoia, una reacción psicótica breve, una psicosis cíclica, un estado confusional o una psicosis tóxica? ¿Cómo se explica desde la teoría de los neurotransmisores tal diferencia? ¿Qué diferencia hay desde esta óptica entre una idea obsesiva, una ideación deliroide, una idea delirante transitoria, una creencia superficial, una convicción profunda, una rumiación o una preocupación? ¿No apunta esta imprecisión biológica a un intento forzado de delimitar lo que es subjetivo?
En relación a este apartado, hay un fenómeno muy difícil de sortear que resulta de diagnosticar una enfermedad mental. Desde ese momento, toda manifestación de malestar es sospechosa de principio de descompensación y, como reacción habitual del facultativo, reajustará la pauta farmacológica. Es como si se estableciera un sentido unívoco e incuestionable, que parte de una idea inamovible y que seguramente estará avivado por varios condicionantes, como, por ejemplo:
- El escaso tiempo. Sucede que para abordar una situación que quizá requeriría de días para poderse esclarecer y dar el margen necesario para que la persona pusiera palabras a su malestar, el facultativo, por el contrario, se ve impelido a dar respuesta en quince o treinta minutos cada tantos meses.
- El espacio. Tal situación se encara en un lugar que tiene la misma conformación que cualquier otra especialidad médica, es decir, que la persona queda posicionada como una enferma o pasiva ante su padecimiento. ¿Es similar el seguimiento de una anemia que el de un estado mental con todos sus condicionantes? ¿No nos obliga esta disposición a valorar el problema en términos absolutos, y, por lo tanto, en dar una respuesta generalizada, y no de forma relativa, es decir, teniendo en cuenta el contexto en el que se desarrollan los acontecimientos?
- La presión. Ésta se ve facilitada al no poder supervisar la situación con más continuidad, lo cual está condicionado, a la vez, por la carga burocrática y clínica de los cientos de pacientes agendados. Lo peor de esto, no es la carga asistencial en sí, sino que mucha de ésta se aleja de lo que, supuestamente deberíamos hacernos cargo, es decir estados mentales patológicos, y se acaba acogiendo toda forma de malestar social, por ejemplo, gente desempleada, inmigrantes sin papeles que se por un lado se les cobija pero que a los dieciocho años se les echa a la calle sin muchas explicaciones, personas sin posibilidad de recursos sociales que se acogen a la enfermedad mental como última salida, etc. No es tanto el hecho de no querer dar salida a toda esta mescolanza de malestar, que no se puede y que acaba por congestionar nuestras consultas volviéndolas inoperantes, sino que da la sensación que se enmascara la insuficiente respuesta social y política con la enfermedad mental. Por ejemplo, no es que no haya recursos para ayudar a una persona que debe ejercer de cuidadora principal de sus padres enfermos y dementes, que además mantiene con su único sueldo a su familia dado que a su marido le han echado de su empresa con cincuenta y un años y no encuentra trabajo a su edad, y esté lógicamente agotada, sino que tiene un trastorno adaptativo mixto. Es decir, que, dándole la vuelta a la tortilla, es la persona que, supuestamente, por sus debilidades biológicas o genéticas no da la respuesta suficiente, a una situación ya de por sí imposible, y no es capaz de adaptarse. ¿No seremos cómplices, con nuestro proceder, de una sociedad desequilibrada? ¿Sirve de algo ese diagnóstico para esa persona o para el psiquiatra que debe codificarla?
- El apremio ejercido por el entorno. Personas alrededor de la de quien ha sido diagnosticado de un trastorno mental, han sido, normalmente, psico-educadas con la visión unívoca de la enfermedad mental, se alertan por una inminente descompensación cuando detectan determinados signos. Se da en ocasiones que una clínica determinada es tolerada tanto por el paciente como por el facultativo, sin embargo, la situación cambia cuando ésta entra en confrontación con más personas o en convivencia. Se puede dar el caso que, ante esa misma clínica, en un caso se pueda sobrellevar y en otro caso se deba proceder a un ingreso por la tensión que se va generando. Ocurre que este factor agravante, en la mayoría de casos, pasa desapercibido, y, sin embargo, en mi opinión, contribuye a fijar el síntoma y así favorecer la cronicidad.
Estos son sólo algunos de los factores condicionantes a los que el profesional en psiquiatría queda sometido, y, en consecuencia, empujado, más que a dar una respuesta meditada y particular, a descomprimir a ultranza esa tensión generada por factores que incluso no tienen que ver con esa situación de supuesta descompensación. En cualquier caso, la intervención pasará por medicar o derivar. ¿Este tipo de acciones, con el tiempo, no van silenciando al sujeto que padece esos síntomas? ¿No le va arrastrando inexorablemente a la posición de enfermo? ¿No se va cronificando también el facultativo? ¿No va éste abandonando, con el tiempo, otras maneras de pensar la situación y por lo tanto de ofrecer otro tipo de respuesta?
Da la sensación de no haber noción de que determinados padecimientos tienen un determinado ritmo, y requieren, quizá, de un acompañamiento solamente, pero que en ningún caso remiten a una enfermedad o supuesta descompensación de la misma. Dado que sólo hay un sentido al malestar, sólo puede haber una respuesta o solución al mismo, y, tanto el paciente como el facultativo, quedan entonces atrapados por el mismo axioma.
Me pregunto si el actual proceder de la psiquiatría médica, no hace más que reforzar una y otra vez la enfermedad, dando un sentido patológico a procesos que, quizá con una relación de confianza y acompañamiento suficiente, se pueden ir atemperando. Me pregunto también, si este proceder desde el principio y durante años no coarta otras posibles salidas a ese padecimiento y se empobrece con el tiempo un yo con otras posibilidades de identificación. ¿No hay una parte del sujeto que se va ahogando y otra, por el contrario, se ve forzada a asirse al flotador único de la enfermedad? ¿No es posible que este proceder, con el tiempo suficiente, debilite a un individuo que debe resignarse a respuestas únicas e implacables?
4. SOBRE NUESTROS TRATAMIENTOS
Normalmente, en la medicina primero se hace una investigación exhaustiva, por ejemplo, se busca un marcador biológico, una proteína, una enzima, una molécula y luego se hace un fármaco a medida. Es decir, que se hace una llave para abrir una puerta determinada. En psiquiatría, por el contrario, se validó una llave en concreto y se hizo la puerta a medida.
En el caso de los fármacos antipsicóticos parece ser que fueron descubrimientos casuales y sin relación con alguna alteración fisiopatológica. Por ejemplo, la clorpromazina se utilizaba como tranquilizante en la anestesia; la reserpina para tratar la hipertensión; la iproniazida para tratar la tuberculosis; el urato de litio para sedar a cobayas antes de experimentar con ellas. Lo que sucedió es que las cualidades narcóticas de dichos fármacos se promocionaron y se equipararon a la retórica de cura y tratamiento. Pasaron de ser sujeciones químicas, equivalentes a las sujeciones mecánicas, a curas de precisión, por parte de campañas de marketing de determinadas corporaciones.
Los efectos que se apreciaron tras la toma de dichas sustancias sirvieron de acorde puente para reforzar la armadura médica. Uno de los efectos más comunes que producen es la indiferencia frente al entorno. Actuaban como una camisa de fuerza química, de hecho, no hay que olvidar que el término original que designaba a estas medicaciones era neuroléptico, el cual significa, literalmente, sustancia que ata o detiene al sistema nervioso. Se deduce pues, que dicha sustancia reducía la actividad cerebral en todas sus facetas, lo cual permitió que pasara de ser un tranquilizante o supresor del sistema nervioso a un antipsicótico, es decir a actuar en el proceso químico, supuesto, de la psicosis y revertirlo.
¿Significa que quien responde a dicha sustancia reduciendo, por ejemplo, la impulsividad, la ansiedad, o en el insomnio, es un psicótico? ¿Se trata entonces de un antipsicótico, o es más lógico definirlo como neuroléptico? Sirva como anécdota obtenida de la práctica diaria, que no se considera válido el resultado de un test de inteligencia de una persona que tome de forma crónica psicofármacos ya que se considera que dichas substancias entorpecen el rendimiento psíquico general ¿No dibuja este ejemplo más a un neuroléptico que a un antipsicótico de precisión? Atribuir el papel de la conducta humana a los neurotransmisores sería como atribuir la existencia de la literatura a la tinta de la pluma o decir que hablamos gracias a la boca, sin contemplar los eslabones que anteceden a la consecuencia final. Necesariamente se requiere de un soporte material o biológico, pero de este no se infiere la conducta manifiesta. Si se trata de enfermedades de causa biológica, y, por tanto, por la alteración rigurosa de una sustancia natural ¿por qué no está presente en el resto de las especies animales, y sí en cambio el resto de enfermedades somáticas? ¿no tendrá que ver más bien con el lenguaje, el deseo, y en definitiva con el campo simbólico? ¿no estará este último particularmente desarrollado en la especie humana y por lo tanto estará regido por reglas sui generis?
Asimismo, los intentos de abordaje a partir de según qué modelos psicológicos pueden ser igualmente alienantes. Partiendo de que el diagnóstico en salud mental es un constructo teórico de valor parcial y no absoluto, es decir, que va variando según el momento histórico o el contexto médico en que se encuentra el sujeto, valga como ejemplo la homosexualidad, y no del hallazgo de una sustancia universal, se tratará un determinado padecimiento con ideas generales acorde a tal construcción, alejándose, consecuentemente, de lo genuino de la persona que lo sufre. Dichas intervenciones estarían en la misma línea que anteriormente comentábamos, que no sería otra que la de crear una potente matriz donde el paciente se vería impelido a identificarse.
5. LA HERENCIA DE LA ENFERMEDAD MENTAL
Otro de los capítulos donde la psiquiatría médica se vuelve borrosa en su intento de aproximarse a la medicina, es sobre el tema de la herencia genética de la enfermedad mental. Parafraseando a M. Foucault, la herencia [parece] es una manera determinada de dar cuerpo a la enfermedad en el momento mismo en que no se la puede situar en el plano del cuerpo individual.
Constantemente se escucha que hay un claro componente hereditario, pero no hay suficientes pruebas genéticas para confirmarlo o que hay un claro componente hereditario, pero también hay casos inaugurales de enfermedad. ¿No es eso último algo contradictorio, o que por lo menos, debería motivarnos a poner nuestra atención a esos últimos casos y no los primeros? ¿Cómo se puede explicar un mismo hecho desde dos puntos de partida contrarios y llamarlo evidencia? Los eslóganes en el ámbito de la psiquiatría suelen dibujar el trayecto de una estrella fugaz: con gran intensidad al principio, pero desvaneciéndose rápidamente. Se inicia un artículo hablando de una evidencia irrefutable y dos líneas después se rectifica. ¿Es equiparable la psiquiatría con la evidencia de una ciencia pura como la física o las matemáticas? ¿Se puede trasladar la subjetividad humana, con pruebas antropométricas, puesto que no disponemos de analíticas ni pruebas de imagen, a la ciencia? ¿No nos arriesgamos a caer en un reduccionismo extremo y alienante? Un aspecto que me llama la atención en este mismo capítulo es que siempre se habla de genes, que se activan y se desactivan, cual patrón mendeliano, siempre sin participación alguna del individuo, pero se obvia que el crecimiento psíquico y cerebral se construye por medio de su entorno, en las primeras etapas de la vida. Inclusive si nos centramos exclusivamente en el punto de vista biológico, parece que hay ciertas condiciones que facilitan la liberación de factores neurotróficos, así como la cantidad y calidad de conexiones neuronales en las primeras etapas de la vida y en cambio, otras situaciones que lo obstaculizan. En comparación con lo que sucede con los seres humanos, la conducta del resto de animales, en su hábitat natural, no requiere de ningún aprendizaje previo y está adherida filogenéticamente a los miembros de una especie, es decir, que se pone en marcha por instinto. Por ejemplo, nacen y nadie les enseña a caminar, comunicarse, a comer, a identificar a sus depredadores, etc., sino que es algo, que se despliega automáticamente en cada miembro de la especie, sin excepción. Es decir, estas conductas tienen su causa en la naturaleza misma, son innatas.
Este despliegue, en cambio, en el ser humano no es algo natural, sino fruto de la cultura, y, por lo tanto, serán conductas inherentes a un momento histórico, a una comunidad, a una unidad familiar con idiosincrasia propia, y, por consiguiente, adquiridas. ¿No resultarán las primeras etapas de la vida cruciales para la formación del campo simbólico, el lenguaje, y a consecuencia de éste advendremos disímiles con respecto de los demás miembros de nuestra especie?
En la práctica clínica, aunque no es algo que se pueda generalizar, parece más lógico entender el estado mental de una persona por su biografía o su explicación subjetiva de sus acontecimientos vitales, que, atribuyéndolo a una activación o desactivación caprichosa de una serie de genes, lo cual, en última instancia, será algo imaginario e inaccesible, tanto para el facultativo como para la persona que tenemos delante. ¿Es equivalente que en las primeras etapas de la vida haya un encuentro armónico con nuestros cuidadores, o como diría Winnicott, una madre suficientemente buena, que una situación de abandono o de negligencia? ¿Qué entendemos por predisposición genética exactamente? Esto último, se predica constantemente como un mantra, pero resulta difícil de explicar de manera lógica y desgranando los acontecimientos desde el gen hasta una conducta determinada. ¿No serán las manifestaciones psiquiátricas consecuencia de las particularidades del desarrollo de nuestro campo simbólico en interacción con las circunstancias del entorno? ¿Igualmente, la enfermedad mental es algo aislado al entorno que la rodea o su curso puede verse modulado por la interacción con éste? ¿No deberíamos poner el énfasis en entender, además de a aquellas personas que padecen enfermedad mental y tienen antecedentes familiares diagnosticados, a las que, por lo contrario, no los tienen? ¿Por qué parece que desde el cientificismo hay cierta inclinación en anular una posición activa del sujeto frente a su padecimiento?
6. ¿CRÓNICOS O CRONIFICADOS?
Cuando en nuestros dispositivos se habla de que alguien es un crónico, hay cierto remusgo de empobrecimiento o de deterioro a lo largo del tiempo. Desde la visión neo-kraepeliana actual, se podría entender tal proceso asumiendo que la propia enfermedad (precoz) conlleva un (supuesto) deterioro biológico y, por tanto, un menoscabo de todas las facultades psíquicas. Sin embargo, me resulta inaceptable pasar por alto los aspectos comentados hasta el momento.
La teoría médica de la enfermedad mental se basa todavía en un supuesto, y no algo en lo que haya un consenso unánime, ya que, de ser así, hubiera sido transferida a los dominios de la neurología, lo cual, por otro lado, sí ha sucedido con la demencia senil o enfermedad de Alzheimer. Siendo esto todavía así, ¿cómo es posible que se transmita con tanta determinación esta concepción sin albergar, si quiera, alguna duda? Si los diagnósticos no nos sirven para señalar una lesión, un tratamiento ni un pronóstico concretos, ¿es lícito psico-educar a la persona proporcionando un sentido único a su padecer? ¿Le es útil a la persona o al facultativo? ¿Es posible que tenga una repercusión negativa a largo plazo o que esté coartando posibilidades de mejoría? ¿Y, es posible, además, que la misma medicación a largo plazo favorezca el deterioro cerebral?
Pese a la debilidad explicativa de la enfermedad mental desde la óptica médica, los dispositivos institucionales están dispuestos en función de estas premisas. Dando por válida esta perspectiva, ¿para qué se necesita ver al paciente? Seguido al diagnóstico, se despliega de forma automática un panóptico del que el usuario, en continua inspección, ya no puede escapar, éste queda marcado y su subjetividad invalidada en pro de un falso self generalizado fruto de la psicoeducación. Uno no es consciente de cuánto desconoce a la persona que tiene delante, hasta que hace números. Si la media de visitas en un centro de salud mental corriente es de una vez cada tres meses y cada visita, siendo generosos, es de treinta minutos (en algunos dispositivos puede ser incluso la mitad de tiempo), estaríamos asistiéndolo alrededor de dos horas al año. Repito, dos horas al año.
La pregunta inevitable es ¿[puedo ayudar a alguien] que ha caído por el agujero de la psicosis [dedicándole dos horas al año]? Suponiendo que en este centro se filtra los casos más complejos y graves en cuanto a salud mental se refiere ¿es el tiempo adecuado que debo dedicar? ¿Puedo con este tiempo, mínimamente, conocer su realidad interna y externa?Desde cualquier otra óptica es un tiempo ridículo, sin hablar del condicionamiento que origina el espacio o las indumentarias semejantes a cuando nos tienen que valorar sacar unos puntos, sin embargo, desde la (im)postura oficial es tiempo más que suficiente. Desde este enfoque, los fármacos cobrarán un valor imprescindible, ya que la única manera de actuación sobre esa persona no es mediante la construcción de una relación transferencial particular, la reflexión conjunta, el cuestionamiento o el abordaje de unas necesidades concretas, sino mediante un sometimiento disciplinario del cuerpo y de sus emociones, con fármacos y psicoeducación. Como ya hemos explicado antes, debe tenerse en cuenta, además, que el facultativo ambulatorio tiene su agenda colapsada, con lo cual, la posibilidad de escapar de la fatiga y la tensión, es improbable, reduciéndose indefectiblemente la capacidad de reflexión, cuestionamiento o posibilidad de particularizar el caso. Así pues, la respuesta desde la institución, generalista, inflexible y defensiva, está, con mucha probabilidad, asegurada.
Otro punto interesante es el tema de los dispositivos supuestamente más horizontales, como son los clubs sociales o los centros de día. Siempre me ha llamado poderosamente la atención, que espacios cuya finalidad responde a la inserción social, la rehabilitación o la integración, reciban el mismo nombre que aquellos otros a los que nos destinan cuando somos improductivos socialmente, dementes o un estorbo. Por ejemplo, los centros de día de ancianos. Otra contradicción que me suscita es que la mayoría de veces, la persona se inicia en estos centros tras dos y tres décadas de institución médica y no, curiosamente, desde el principio. ¿No se infiere del nombre su verdadera finalidad? ¿Se busca realmente tras la derivación a estos dispositivos reorganizar el proyecto de vida de la persona y un cuestionamiento conjunto de su situación particular, así como un ánimo de prosperidad?
Después de subrayar estos puntos, ¿no es posible que participemos, de alguna manera, en este proceso degenerativo si desde el principio devolvemos como única imagen la de enfermo mental a la que empujamos a la persona a aferrarse? Si añadimos, además, que durante años la toma de medicación continua y, en algunos casos creciente, con el impacto físico implícito que conlleva, ¿no contribuirá a su empobrecimiento e inhibición progresivas?, es decir, ¿a la cronificación? ¿No se instauraría un proceso deletéreo semejante en una persona que se resigna a dar vueltas en círculo sin posibilidad de otros alicientes, expectativas o posibilidades de identificación? ¿No es inmanente en la cronificación, la resignación y la desesperanza? Si consideramos la psicosis como un desmoronamiento dramático de las identificaciones que hasta el momento sustentaban al individuo, ¿no sería más adecuado posibilitar cuantas más identificaciones y desde el principio, mejor, en vez de dedicarlo a protocolos, test y programas de psicoeducación? ¿No desalentamos, con nuestra manera de aproximarnos, al sujeto que existe detrás de los síntomas? La pregunta pues, sería ¿son crónicos o cronificados?
7. AVANCES EN PSIQUIATRÍA
Bien pensado, ¿qué avances, en estos doscientos años de psiquiatría médica ha habido?
- En cuanto a hallazgos biológicos, me viene uno a la cabeza, la enfermedad de Al haber consenso de una lesión cerebral objetiva ha pasado en el acto a ser tratada como una enfermedad cerebral, no una enfermedad mental y por lo tanto a ser catalogada dentro de los diagnósticos de neurología. Todo y eso, si seguimos rascando, vemos que hay casos de personas que, aun habiendo alteraciones cerebrales post mortem sugerentes de Alzheimer (cuerpos beta-amiloide), en vida nunca manifestaron la clínica. ¿No nos sugiere este ejemplo que hay algo que trasciende a la materia palpable? ¿Quizá nuestra dimensión simbólica? Siempre me he preguntado, lo cual también es muy visible en la práctica diaria, ¿por qué hay personas de cierta edad, que, casualmente se demencian cuando se quebranta el trayecto, hasta el momento constante, de su vida? Por ejemplo, una jubilación. En estos casos, dado que no se contempla que personas de edad avanzada puedan debutar con cuadros psiquiátricos puros (¿puros quiere decir no biológicos? pero ¿los trastornos mentales no son de causa biológica?), se suele hacer una prueba de imagen que se da como válida cuando el cerebro presenta signos de atrofia. Sin entrar en detalles, se trata de un proceder de nuevo impreciso, ya que la mayor parte de la población anciana puede presentar signos de atrofia en una neuroimagen y, sin embargo, no tener correlato, en absoluto, con su conducta. Una vez más, se sale del paso con sordina, obviando otras argumentaciones. Aceptando la premisa de la atrofia cerebral como origen de la conducta disfuncional en personas de edad avanzada, ¿por qué causalmente después de tal o cual desencadenante vital?
- En cuanto a los tratamientos farmacológicos, sí parecen, a corto plazo, ser menos dañinos, aunque a largo plazo y altas dosis, que es lo que muchas veces sucede en condiciones de cronicidad, no parece estar tan claro. Actualmente, se destila la forma depot, que es justificada como un tratamiento más cómodo para el paciente (y para el facultativo, sobre todo, que no debe preocuparse más por la adherencia del paciente al tratamiento farmacológico). Sin embargo, en mi opinión va en detrimento de su autonomía y de su responsabilidad en cuanto a la toma de medicación y sus posibles consecuencias. En definitiva, le hace ser más pasivo. Contrariamente, seguimos administrando fármacos clásicos, algunos incluso con más de cincuenta años, ya que, con el tiempo, los fármacos de primera línea, o incluso las formas depot, pierden su efectividad y es necesario un mayor efecto neuroléptico. Otro aspecto sobre los tratamientos que me es llamativo, es la intensa promoción de un procedimiento tan antiguo y controvertido como la terapia electro-convulsiva. Lo que me pregunto es, si en el resto de la medicina se siguen promoviendo las purgas o las sangrías. Este aparente estancamiento en el dominio terapéutico, con respecto al resto de especialidades médicas ¿no es un indicio de la obcecación en una diana que no existe? ¿No estaremos confundiendo las causas con las consecuencias? ¿No estaremos tratando de apagar las alarmas en vez de detener el fuego que las activa?
- Otro aparente avance podría ser el hecho de que actualmente no existan, por lo menos en nuestro ámbito territorial, los manicomios. No obstante, se sigue enviando a la gente, y a edades muy tempranas, tanto a centros residenciales, como a centros de larga estancia. También cabe mencionar la cantidad de personas que están tuteladas de forma crónica, sin que se vuelva a reevaluar la situación, perdiendo, en consecuencia, la mayoría de sus derechos civiles.
Parece claro que estamos tan lejos de una cura de la enfermedad mental, como al principio, pero ¿hemos mejorado, en ayudar a integrar al loco, en la sociedad? ¿No debería ser nuestra prioridad des-alienar más que curar?
Si ha habido mejoría en la evolución de las enfermedades mentales, no me parece que haya sido por el desarrollo de nuevos fármacos, o por el mayor conocimiento biológico de la enfermedad mental, sino, y a pesar del enfoque actual, porque en suma hay mayor asistencia, programas de rehabilitación, centros de día, clubes sociales, atención domiciliaria, grupos de terapia, etc., lo cual, es posible, que se traduzca en mayores oportunidades de deseo, mayor posibilidad en la satisfacción de las necesidades básicas, nuevos posicionamientos interpersonales o mayor presencia en momentos de soledad.
Tomando esta inferencia como válida y concluyendo ¿no sería más acertado dedicar el esfuerzo económico y humano, no tanto a la generación de nuevas medicaciones, o en ejercer como un dispensador, sino en crear dispositivos más horizontales, y desde un buen principio, personalizar cada situación al máximo, valorar las necesidades de la persona, así como poder abordar lo mejor posible las circunstancias familiares y sociales que la envuelven? ¿No deberíamos asumir nuestras contradicciones y debilidades para poder avanzar en una dirección más próxima a la realidad de cada individuo? ¿No apunta la psiquiatría estar más cerca de las disciplinas humanistas que de las médicas? ¿No refleja, esta terquedad actual, el miedo a enfrentar situaciones que desarmen nuestros sempiternos argumentos? o, más aún ¿no temeremos, en el fondo, poner en cuestión una posición de reconocimiento o poder? ¿Quizá de comodidad o de ignorancia?
¿Cómo se entendería, si no, aferrarse a argumentaciones, hasta la fecha, tan contradictorias?
Julio Company Ortega. Psiquiatra de la Seguridad Social
Barcelona, 29 de septiembre de 2019
BIBLIOGRAFÍA
- LEADER, D.: ¿Qué es la locura?, F. Mexico, Editorial Sextopiso, 2013
- SZASZ, T.: El mito de la enfermedad mental, Círculo de lectores, ensayo contemporáneo, 1999
- LANTÉRI-LAURA, G: Ensayo sobre los paradigmas de la psiquiatría moderna, Madrid, Editorial Tricastela, 2000
- FOUCAULT, M: El poder psiquiátrico, Buenos Aires, Argentina, Editorial Fondo de Cultura Económica, 2005
- WINNICOTT, D.W.: Realidad y juego, Barcelona, Editorial Gedisa, 2013
- COLINA, F.: Sobre la locura, Valladolid, Editorial Cuatro, 2013
- HUERTAS, R. Otra historia para otra psiquiatría, Barcelona, Editorial Pensodromo 21, 2017
- MATILLA, K.; CARREÑO, J.: Lo que tu psiquiatra nunca te dijo, Barcelona, Editorial Xoroi, 2018
- SCHREBER, P.: Sucesos memorables de un enfermo de los nervios, Madrid, Editorial AEN, 2018
- PETEIRO CARTELLA, J: El autoritarismo científico, Málaga, Ediciones Miguel Gómez, 2010
Este trabajo fue presentado en forma resumida por exigencias de tiempo, en el espacio de Sesiones clínicas de Apertura en octubre 2019.
Censée - pensure. Montserrat Rodríguez Garzo
por Montserrat Rodríguez Garzo
Cómo trabajar con el concepto de censura como operador al servicio del poder en los ámbitos institucionales que representan el aparato discursivo público por excelencia, el Estatal? ¿Cómo pensar sus efectos en los ámbitos educativo y sanitario y delimitar su carácter como institución, que no responde a lo que en sentido estricto conocemos como órganos para la censura ya que no existen constituidos como tales, normalizados?
La falta de normalización no favorece la disolución de los efectos de la censura; la dificulta, ya que su operatividad no está localizada sino disuelta. Por otra parte, la censura, pensada analíticamente, es una respuesta subjetiva al efecto de la ley conociendo su existencia pero en relación a lo que de la ley se ignora.
Censée-pensure es un neologismo constituido mediante la doble condensación y trasposición de las sílabas que componen dos palabras, censure y pensée, y evoca la unicidad de la significación y el sentido mediante el desplazamiento de los términos, un movimiento metonímico: un término no sustituye al otro, lo desplaza parcialmente y en cierto modo lo recubre… movimiento que no es ajeno a las dinámicas del deseo ni a las del goce, “su hermano mayor”. Y esto es lo que da lugar a la segunda tópica freudiana, un movimiento teórico derivado de la necesidad de reformular la teoría del aparato psíquico en razón de la operativa subjetiva, en términos clínicos. Censée - pensure no alude al pensamiento en un sentido extenso, a toda puesta en-forma de lenguaje, sino a las formaciones ideales del pensamiento, formas que como en Freud no son más que modalidades de la censura. Formas superyoicas, fórmulas que se sostienen en el Ideal del yo… a excepción de aquello que se informa artísticamente: los derivados significantes del acto/ acontecimiento, más cercanos a las derivas del Yo ideal.
(1) Lacan, J. 23 de abril de 1969. Neologismo por condensación de pensée (pensamiento) y censura (censure). p., 230.
Obsesiones y manías. Laura Vaccarezza
por Laura E. Vaccarezza
En el lenguaje coloquial el término obsesión circula con bastante asiduidad. Se dice: "estoy obsesionado/a por tal o cual cosa, por tal o cual persona, tengo una idea que me obsesiona, que no me deja vivir, que me ocupa", etc. También se dice "estoy obsesionado/a por el orden y la limpieza", e incluso se puede llegar a decir de alguien que es un "obseso sexual".
Quienquiera que se interrogue a sí mismo acerca de sí padece obsesiones, es seguro que encontrará una respuesta positiva.
Las obsesiones, a las que también llamamos a veces manías, son un síntoma común a muchos individuos. Pueden padecerlo adultos y niños independientemente de su sexo. Podemos afirmar que padecerlas en algún momento de nuestras vidas puede considerarse dentro de lo que se denomina la normalidad.
Es frecuente que los niños atraviesen etapas en las que ciertas obsesiones o rituales se ponen de manifiesto (por ejemplo: dar rodeos para no pisar determinadas zonas por las que transitan, no querer vestirse con cierta ropa, negarse a la higiene diaria, etc.). En estos casos sabemos que se trata, en general, de síntomas transitorios que tienen que ver más con un momento del desarrollo y de autoafirmación que - junto con los terrores nocturnos, miedos y fobias- forman parte de su constitución como sujeto.
Hasta aquí hemos hablado de la obsesión en general, ahora deberíamos precisar. ¿Cuándo una obsesión se puede considerar patológica?
Como hemos dicho, la obsesión en sí misma es un síntoma y sabemos que hay personas que conviven con sus síntomas sin que éstos les planteen grandes problemas. Es más, a veces estos síntomas son considerados por su entorno como una señal de identidad: "Fulano de tal en el fondo es muy buena persona pero tiene ciertas manías que a veces hace que no sea fácil convivir con él".
La persona misma puede aceptar sus manías sin interrogarse sobre ellas tomándolas como un aspecto de su carácter, lo cual no supone en absoluto que éstas no sean consecuencia de una grave patología.
Cuando estas manías u obsesiones impiden a las personas llevar a cabo una actividad relativamente normal es, en general, el momento en que deciden hacer una consulta. Frecuentemente los rituales, la escrupulosidad, las ideas compulsivas, les impiden realizar una vida normal. La necesidad de verificar repetidas veces que no han cometido ningún error, o que no han olvidado tal o cual detalle, o la realización de determinado ritual para acceder a la calle, a un medio de transporte, etc., vuelve penosa cualquier tarea que desempeñen. Esto, sumado al sufrimiento que produce, llega a limitar la vida del sujeto en cuestión hasta el extremo de sumirlo en la invalidez.
Podemos encontrar estos síntomas en todas las estructuras psíquicas: neurosis, perversión y psicosis, pero hay una, "la neurosis obsesiva", que se caracteriza por el predominio de esta sintomatología. Por este motivo se le llamó también: "locura de duda", "fobia de contacto", "obsesión" y "compulsión".
La neurosis obsesiva
El término obsesión proviene del latín obsessio - onis, y aparece en el diccionario definido como: "Idea, preocupación o deseo que alguien no puede apartar de la mente". Este término, obsesión, es utilizado por primera vez por Jules Falret, psiquiatra francés interesado en difundir las ideas de su padre, Jean-Pierre Falret. Su tesis de 1853 agrega dos categorías más a las ya descritas hasta ese momento; éstas son: la "hiponcondría moral" y la "alienación parcial" (o "locura de duda y locura de tacto"). En esta última podemos reconocer fácilmente lo que luego Freud describió bajo el nombre de "neurosis obsesiva", quien hizo de ella una entidad psíquica diferenciada y la trabajó desde el punto de vista psicoanalítico.
¿Qué es la neurosis obsesiva?
Como su nombre lo indica es una neurosis con entidad propia, Freud la aísla no sólo del maremagnum de la clasificación psiquiátrica, donde aparece confundida con otras entidades nosográficas, sino también de la neurosis histérica. Aislarla de esta última no le impide decir que "la neurosis obsesiva es un dialecto de la histeria".
Los elementos sintomáticos que caracterizan a esta neurosis tales como: dudas, ideas obsesivas, interceptaciones del pensamiento, compulsiones, procratinación, tendencias ceremoniales, rituales, pensamientos hostiles e ideas delirantes, forman parte de su fenomenología pero no dan cuenta de su estructura.
Cuando hablamos de estructura nos referimos a la constitución del sujeto, a cómo se organiza su vida psíquica. La estructura básica está constituida por tres lugares, que van a ser ocupados por la madre, el padre y el niño. Denominamos a esto la estructura edípica. Dependiendo del modo en que se hayan cumplido u ordenado las diferentes funciones, cuáles hayan sido los deseos puestos en juego por parte de los adultos que esperan la llegada de ese niño, sus fantasías, así como sus actitudes frente al mismo, quedará determinado el futuro de éste.
En esta neurosis, es característica una relación muy estrecha con la madre y una función paterna débil, insuficiente para liberarlo del dominio materno.
El Complejo de Edipo es nodal en la determinación de las neurosis, junto con el Complejo de Castración que tiene lugar dentro del mismo. De cómo se haya atravesado este complejo y de sus avatares dependerá la vida psíquica del sujeto, teniendo consecuencias en la sexualidad, en la relación con los otros, en el origen de sus miedos, sus fantasías y sus delirios. El vínculo con el analista y la puesta en acto de la neurosis en la transferencia - es decir repetir en la cura su neurosis- nos permite, un diagnóstico claro de la estructura y la posibilidad de dirigir el tratamiento hacia su fin , que no consiste únicamente en resolver los síntomas, sino saber qué los ocasiona y en qué fantasma se sostienen, lo cual hace que la resolución del problema no sea por sugestión, ni por apoyo yoico, ni por someter al sujeto a pruebas tales como hacer aquello que le horroriza para modificar su conducta. El psicoanálisis va más allá. Permite a quien se analiza adquirir un saber, encontrar el porqué de sus actos y reconocer sus propios deseos, lo que le llevará a ser más consecuente consigo mismo y menos temeroso de actuar en la vida, saber y decir aquello que quiere o no quiere sin necesidad de recurrir a la enfermedad para excusarse.
Puedes leer más artículos de los miembros psicoanalistas de Apertura aquí
La angustia. Laura Vaccarezza

Desde un principio fue evidente para mí que la angustia
de mis neuróticos tenía mucho que ver con la sexualidad…
Sigmund Freud (manuscrito E 1894)
En algún momento de nuestra vida, todos experimentamos lo que es la angustia, incluso sus diferentes modalidades de presentación. A veces, es una experiencia casi cotidiana: sentimos angustia al despertar, al comienzo de un nuevo día que hay que afrontar, con trabajo, responsabilidades, decisiones, etc. También experimentamos angustia frente a un día vacío, un día libre, un fin de semana. Otras veces, paradójicamente, nos sorprende, nos invade en un momento inesperado, es más, en un momento en que estamos tranquilos, disfrutando, e inexplicablemente comienza el malestar. Sensación de muerte, de ahogo, opresión en el pecho, malestar en la boca del estómago aparecen como signos de una muerte inminente que paraliza e incluso impide prácticamente vivir. A veces, la idea del suicidio surge como un alivio a este sufrimiento.
Ese sufrimiento es muchas veces incomprendido por quienes rodean a la persona que lo padece y, en ocasiones, se cansan de ver cómo su amigo , pareja o su propio hijo o hija les alteran la vida «con sus tonterías». Apelan a la voluntad, diciéndole que «eso no es nada» y que «hay que ser sensatos», que «no hay nada que temer»,etc. Estos razonamientos son absolutamente inútiles a la hora de salir a la calle, coger un metro, un avión , ir al trabajo, salir por la noche, entrar en un hospital, sentir algún dolor que, por más leve que sea , para ese sujeto será indicador de infarto , cáncer etc. Es decir que, frente a la vida, a las decisiones que se deben tomar, a la impotencia del ser humano para dominar su existencia, reaccionará o se las arreglará de diferentes modos: inhibiéndose de actuar, posponiendo sus decisiones o haciendo síntomas de lo más variados. Podemos incluir aquí una larga serie que va desde los problemas escolares, las enfermedades denominadas psicosomáticas , las drogadicciones, etc.
La angustia es un afecto, un sentimiento de displacer, una señal de que algo no funciona. Podríamos decir una señal que advierte de un peligro inminente, una señal de alarma que se pone en marcha frente a peligros de la vida real (robo, atraco, etc) siendo, en estos casos, una señal que protege y que nos ayuda en muchos momentos a cuidarnos; sin embargo, en otras ocasiones la señal se pone en marcha porque un acontecimiento incluso banal- de la realidad evoca un miedo antiguo de esa persona. También la angustia puede producirse sin que haya ningún suceso en la realidad que lo desencadene y se manifiesta como «algo que nos viene de dentro».
¿Qué podemos hacer con esta señal?, intentar ignorarla es bastante difícil, puesto que decir «no pasa nada» no hace que la angustia se calme y, si se logra momentáneamente, no quiere decir que no vaya a volver con igual o más fuerza. Otra posibilidad es intentar hacerla desaparecer o calmarla con medicación. Esta opción, muy eficaz en algunas ocasiones, tiene el riesgo de que «la pastilla» se transforme en el centro de la vida de la persona, al punto de que su vida llegue a girar alrededor de la dosis, el psiquiatra, la receta, la farmacia, los efectos secundarios (que no son pocos), y un largo etc., no muy diferente a lo que entendemos por una adicción. No digo con esto que no hay que medicar al paciente, sino que se ha de hacer con prudencia, para que no se transforme en un problema más.
La tercera opción, y por la que me inclino, es la de interrogar a esa señal, preguntarnos: ¿por qué surge?, ¿qué nos está diciendo?, ¿qué la desencadena?, ¿por qué en ese momento?, ¿relacionada con qué situación?, ¿en qué otros momentos de la vida apareció?, etc.; es decir, nos interrogamos e interrogamos a quien nos consulta por la «causa».
¿Cuál es el sentido de interrogar a aquello que nos trae el posible analizante en sus distintas manifestaciones? Interrogamos, escuchamos incluso el silencio del autista, para saber qué lo ocasiona, qué «lo causa» como sujeto. Para que pueda, junto con el analista, descubrir qué factores operaron en su historia, qué fantasmas, qué realidad, le llevan a manifestarse de un modo y no de otro, determinando su vida.
El «saber la causa», el «ser consciente» del porqué de sus angustias, es lo que le permite conducirse de otro modo. ¿Cuál es la causa de la angustia?
Para Freud, el origen de la angustia está en la sexualidad, una sexualidad que al no haberse canalizado satisfactoriamente puede producir inhibiciones, síntomas y angustia.
Pero ¿de qué sexualidad se trata?. Nos lo aclara Lacan cuando dice «no hay relación sexual», es decir, no hay posibilidad de un acoplamiento total con el Otro , es decir que no es posible fusionarse, hacer Uno.
Sin embargo, la creencia en la posibilidad de ese encuentro causa deseo y es el motor que nos lleva a buscar ese objeto que podría colmarnos pero que, paradójicamente a su vez, si se acerca produce angustia, porque si se colma es el fin: ya no hay nada más por lo que moverse. Esto hace que el neurótico se las arregle de todas las maneras posibles para no satisfacer su deseo, porque cree en esa posibilidad, y esa posibilidad sería para él el fin de todo, la muerte, la locura.
Movimiento circular y paralizante que impide, retrasa el acto – cualquiera que sea- en la suposición de que se juega la vida, sin saber que es su vida la que hipoteca por una suposición.
El psicoanálisis cura sin dar instrucciones, sin indicar ejercicios, lo hace ayudando al sujeto a extraer de sí mismo un saber que no sabe que posee. Saber que no hay ningún objeto para colmar ese deseo, que el objeto es un objeto profundamente perdido y que nunca existió. Apropiarse de ese saber sobre su fantasma, es lo que le permitirá dejar de vivir sometido y temeroso del saber supuesto a los demás que – desde su infancia- le han dicho qué es «lo que más le conviene», marcándole «el camino que ha de seguir en la vida».
¿Qué pintamos los psicoanalistas? (II). Norberto Ferrer
por Norberto Ferrer
Puedo responder, como psicoanalista, esta pregunta con otra pregunta: ¿cómo tratar con cuatro pinceladas, con un flash o con dos trazos esta extensa cuestión?
La relación de adecuación y aparente armonía del mundo animal con su entorno natural, y del feto o el bebé con su madre, han inspirado el mito del paraíso. El lenguaje y el inconsciente, estructurado como tal, nos hacen ajenos a dicha armonía desde que nacemos, conformando nuestro deseo como permanentemente insatisfecho y, su objeto, inalcanzable.
Los paraísos perdidos nos exilian definitivamente, y es en el desamparo humano cuando se inicia la búsqueda insaciable de ese oscuro e inaprensible objeto del deseo que, supuestamente, nos retornaría al edén inicial.
Pretendemos dar forma al vacío, arrastrados por ese deseo, con dibujos, pinturas, letras, símbolos o metáforas, frente a la aventura y a la promesa que ofrece la tela, la página en blanco, la materia plástica, el objetivo de la cámara o la pantalla del ordenador.
Esa causa de deseo que el acto artístico o poético soportan construye un contorno a esa falta de objeto, aunque más no sea con restos, como hace el "arte povera".
La pincelada, la mancha, el color, el trazo, el olor de la pintura o del papel, el tacto tenso de la tela, las letras, el oído, la mirada, dan por fin lugar a la emoción y al goce estético que enlazan al artista con su admirador, hasta la esperanza del próximo cuadro, foto, poema que, ilusoriamente, podrá decir lo que el deseo jamás conforma.
Paul Klee sostenía que el arte no reproduce lo visible, sino que hace visible. Podemos decir que el artista hace visible, aún sin saberlo, una verdad nueva: los impresionistas, por ejemplo, subvirtiendo la concepción de la realidad; los cubistas, superando la apariencia de la forma al descomponer el aspecto superficial del objeto; los expresionistas, brindando cierta satisfacción pulsional a lo que la mirada pide. Y han tratado de expresar en los temas de sus obras: el enigma femenino, las encrucijadas del sujeto y su deseo, la angustia creadora, el amor, la sexualidad, la muerte, los fantasmas...
En este fin de siglo en que las tecno-ciencias producen enunciados universales que garantizan la verdad y pretenden ignorar lo imposible, el arte clarifica la verdad particular del sujeto humano en relación con su subjetividad.
Los artistas dan forma al vacío; los enfermos sufren el dolor del vacío, con sus síntomas, sus inhibiciones o sus angustias. A diferencia de la tendencia neuro-psiquiátrica actual -que tapa y reniega del vacío con etiquetas diagnósticas, impregnaciones neurolépticas o indicaciones conductistas que automatizan al sujeto- o de las promesas esotéricas y "mágicas", los psicoanalistas analizamos ese vacío que el paraíso perdido y su exilio consecuente nos dejó. Contamos con él, no damos forma ni consistencia -como hace el arte- a la falta de ese oscuro objeto del deseo. El acto analítico se sostiene en dicha falta. Invitamos al sujeto que sufre, y pide ayuda, a enfocar el objetivo hacia adentro para fotografiar su enigma y su laberinto; lo invitamos a revisitar y reescribir, en las páginas de su subjetividad, su propia historia con las letras de su inconsciente; a enmarcar y a pintar, como si de un pictograma se tratara, los propios fantasmas; a asumir el goce de sus síntomas con el que está comprometido; a combatir su desasosiego y a defender su deseo; a defender su alegría como un atributo (siguiendo el poema de Benedetti), no el cultivo de la felicidad como ideal imposible, sino la alegría del deseo liberado.
El psicoanalista invita a que cada uno pueda escuchar su propia canción. Nada mejor que un poeta, León Felipe, para pintar qué pinta un psicoanalista:
No tiene título ni rótulo a la puerta
No es doctor,
ni reverendo
ni maese...
No es un misionero tampoco.
No viene a repartir catecismos ni reglamentos,
ni a colgarle a nadie una cruz en la solapa.
Ni a juzgar:
ni a premiar
ni a castigar.
Viene sencillamente a cantar una canción.
Cantará su canción y se irá.
Mañana, de madrugada, se irá.
Cuando os despertéis vosotros, ya con el sol en el cielo, no encontraréis más que el recuerdo
encendido de su voz.
Pero esta noche será vuestro huésped.
Abridle la puerta,
los brazos,
los oídos
y el corazón de par en par.
Porque es vuestra canción la que vais a escuchar.
(Trabajo presentado en la exposición colectiva"¿Qué pintamos los psicoanalistas?" el día 30 de septiembre de 1998, en la Casa Elizalde de Barcelona, como parte de la actividad cultural de la Reunión Fundacional para una Convergencia Lacaniana de Psicoanálisis, realizada los días 1, 2, 3 y 4 de octubre de 1996.)
El psicoanalista y la soledad. Carlos H. Jorge
por Carlos H. Jorge
"El hombre es una bestia triste que necesita de prodigios para emocionarse" . Esta frase pertenece a la novela "Los siete locos" de Roberto Arlt, escritor argentino de principios de siglo y su contenido lo podemos constatar diariamente en lo cotidiano y en el diván.
El hombre soporta muy mal el ser mortal, el tener limitaciones, el no ser omnipotente, el estar expuesto a las enfermedades, a la decrepitud y a la muerte. Algunos buscan "prodigios" que les hagan creer que son eso que nunca serán. Otros buscan a los hacedores de "prodigios" para identificarse con ellos y pensar que de mayores serán "prodigiosos" (una mayoría de edad que suele no llegar nunca). Algunos otros se conforman con estar a su lado, darles la mano de vez en cuando, imitarlos, creyendo que de esta manera, por una especie de osmosis serán transportados a esa supuesta constelación superior. Los menos se analizan y terminan sus análisis convencidos que "son eso" , lo que nunca es demasiado brillante. Y algunos de esos menos también terminan sus análisis con la idea de que "son eso" pero no están dispuestos a soportarlo. Lo patético es cuando esos menos son psicoanalistas.
El psicoanalista es un hombre solo que sabe, o debería saber de la castración, que la acepte es otra cuestión, por eso cuando esto no sucede vemos como algunos psicoanalistas necesitan de un Otro psicoanalista(vivo, a los muertos se los cita como guardaespaldas de lo dicho)donde poder depositar la creencia de ese todo que no soportan no tener. Esto nos dejaría en que: "Un psicoanalista es un hombre solo y que en algunos casos necesita de un Otro(Mamá-Dios-Amo)para sobrevivir, o para soportar su condición de ser" . Esto lo podemos constatar en las instituciones, en los paradójicos grupos de independientes, en las jornadas, en los congresos, o en cualquier lugar donde se agrupen más de cuatro, pertenezcan a instituciones o no, esto no define la cuestión.
Por otro lado, están los que intentan desesperadamente colgarse todo tipo de medallas para poder ser colocados en ese lugar Otro(algunos lo logran, otros mueren en el intento) y la lucha continúa sin cuartel, caiga quien caiga, para mantenerse en los primeros puestos de "los 40 principales" .
El problema es que un psicoanalista no es una estrella del rock, ni candidato a la presidencia de ningún país; el botín, aparte de pobre y efímero, e totalmente imaginario.
Otro problema es que todo esto sucede fuera de las consultas y en general con la suficiente publicidad como para que trascienda el marco estrictamente psicoanalítico, con las consecuencias y efectos, siempre lamentables que si producen, deteriorando y muchas veces rompiendo el vínculo social, entre la comunidad psicoanalitica y otros colectivos, o con personas individuales que ven en nosotros una especie de filósofos o literatos que hablan muy bien, aunque nadie les entienda, pero cuyo método no sirve para nada en lo que a la llamada "salud mental" se refiere.
Nos guste o no nos guste, lo maticemos hasta el infinito o no, el psicoanálisis nace de la preocupación de un médico por curar y se inscribe en las distintas sociedades de los diversos países(en algunos avanza muy lentamente, se ha detenido o ha retrocedido)más tarde o más temprano con sus distintas particularidades como un método terapéutico, que sirve o debería servir para aliviar el sufrimiento mental de la gente. Si esto se rompe y en tanto que no hay analista sin pacientes, ya podemos ir escribiendo las memorias de psicoanálisis.
Un análisis puede anudarse de muchas maneras, una de ellas suele ser por medio de esa transferencia imaginaria que suele establecer una determinada sociedad, o parte de ella con una palabra, psicoanálisis , en este caso y con el colectivo que la sostiene. El sostenimiento de esa transferencia es un trabajo de todos nosotros, uno a uno, y/o agrupados en una o en diversas instituciones. Por lo tanto, lo que hagamos o digamos, juntos o separados nunca es sin consecuencias.
Por otro lado, la instauración del Otro en un momento de la cura, va a ser fundamental como lugar único donde el sujeto va a poder interrogarse sobre su existencia y el analista va a ocupar este lugar para hacer posible la aparición de la verdad de las respuestas para cada sujeto en particular. El analista ocupa diversos lugares a lo largo de una cura; el de ideal, es uno de ellos, y en algunos momentos es Dios para algunos pacientes. Una señora de 65 años me decía: -"Gracias a Usted y a Dios (en ese orden) he comenzado a vivir".
Uno sabe después de media vida en el diván, que uno no "es", sino que ocupa un lugar, de Dios de nada, a resto. Esto supuestamente, no sólo lo sabemos, sino que lo ponemos en acto en la cura. Supuestamente sabemos sobre la castración, sabemos sobre el fantasma o sobre la dialéctica del amo y el esclavo en algunas estructuras.
Lo curioso (y no digo que fuera tenga que suceder lo mismo que dentro) es que cuando estamos agrupados la lucha por ser Dios, por "a ver ¿quién la tiene más grande?", por demostrar que el Otro existe sin barrar, algunas veces es tan espectacular que uno escucha preguntas como: "¿Oye, para qué les sirvió a ustedes el analizarse?"
Cada juego tiene sus reglas y uno decide si lo juega o no, aquí no hay ingenuidad posible, no hay lugar para la inocencia, lo que no quita que algunos analistas nos sintamos muy solos al vemos rodeados de tanta gilipollez.







