El inconsciente en tiempos de…
Laura Vaccarezza
Introducción: El tiempo y el inconsciente
Hemos aprendido con Freud, con Lacan y con nuestra propia experiencia que el inconsciente no es algo tangible; no es un objeto guardado en una buhardilla que podamos hacer comparecer a nuestro gusto para modelarlo o analizarlo. El inconsciente surge, se manifiesta en el sujeto aun cuando éste no lo desea. Es un momento de apertura y cierre, es un lapsus, un acto fallido, un sueño en el que se desvela una verdad, aunque se nos diga: “me equivoqué”, “no quise decir eso”.[1]
Las nuevas demandas y la lógica del mercado
Hoy escucho demandas relacionadas con el tiempo —ya sea por parte de los analizantes, en supervisiones, ya sea en quienes se están formando como psicoanalistas—, tales como: “No quiero perder tiempo hablando de la historia”; o “Quiero algo rápido, ágil, para ofrecer a mis pacientes”; “Algo alegre, más dinámico”; “Cursos atractivos, que ofrezcan una formación sencilla”, etc.
¿De qué nos hablan? ¿De un producto de consumo para colgar en las redes y obtener muchos “me gusta”?
Sabemos que esto no es así, que no hay tiempo en el inconsciente, que el inconsciente necesita su tiempo para revelarse; no obedece a los tiempos cronológicos.
Se trata de otra cosa: de la lógica del lenguaje, la de los tiempos lógicos[2]: el instante de ver, el tiempo de comprender y el momento de concluir. Si nos saltamos el segundo, el tiempo de comprender, ¿cómo concluir?
Si los psicoanalistas, para adaptarnos a los nuevos tiempos, renunciamos a la esencia, a los fundamentos, al trípode freudiano que sustenta la formación del analista, estaremos dando razón a quienes afirman que el psicoanálisis es una antigüedad.
Es evidente que no lo es, pues seguimos recibiendo demandas. Y aunque éstas vengan acompañadas de peticiones como las antes mencionadas, se dirigen a un psicoanalista. ¿Por qué acudir a un psicoanalista si no se está de acuerdo con el psicoanálisis? ¿Paradoja? ¿Saber inconsciente?
Podemos afirmar que detrás de las críticas y de la parafernalia sintomática con las que se presenta, hay un sujeto que sufre y se dirige a Otro a quien le supone saber.
Síntoma, goce y discurso capitalista
¿Coómo resolver la sintomatología con la que nos confrontamos actualmente de un modo rápido y sencillo? Nos encontramos con nuevas demandas, demandas sin palabras, en los bordes, llamados en los límites: cortes, anorexia, adicciones, ataques de pánico y ansiedad, acting out y pasajes al acto, etc., que nos ponen a trabajar en la urgencia y en los límites de la transferencia.
No es nuevo enfrentarse a casos difíciles, los antiguamente denominados borderline, esa “bolsa de gatos” en la que se metía todo lo que no se sabía bien cómo tratar. Sin embargo, hoy parecen haber recrudecido y es importante que nos interroguemos sobre las razones.
Estas modalidades con las que se presentan los pacientes no son claras demandas de análisis, pues no aparece una pregunta, un cuestionamiento, un discurso. Esto lleva al psicoanalista a realizar determinadas acciones, que a veces pueden devenir en acto y que, en ocasiones, permiten que la subjetividad emerja, aplacándose el goce con el que se presentan.
La predominancia del discurso capitalista[3], —su rigidez y su imperativo—, empuja, fuerza a los sujetos a disfrutar con lo que se les ofrece, incluso antes de desearlo o sin desearlo en absoluto.
Podemos decir que la falta de rotación de los discursos provoca síntomas más aparatosos en la medida que no se escuchan ni las demandas ni los deseos, abocando al sujeto a un goce superyoico que le impide preguntarse qué quiere.
Es lo que ocurre hoy en día como efecto del discurso capitalista, que, con sus ofertas de objetos que prometen colmar, refuerza la creencia de que la completud es posible.
Cada vez que el avance científico propone objetos aparentemente más potentes y sofisticados, emergen más síntomas. Por un lado, las personas se sienten inútiles por no poder alcanzar ese bienestar prometido; por otro, temen conseguirlo, ya que la idea de que la falta puede ser colmada produce angustia[4]. La angustia, como enseñó Lacan, no es sin objeto.
Así, el sujeto oscila entre la impotencia de no alcanzar la felicidad prometida y el temor de lograrlo y perder el deseo.
Porque es precisamente por la falta que existe el deseo. La falta es motor; es aquello que invita al sujeto a buscar más allá, a experimentar, a atravesar sus duelos, a buscar sus objetos y a encontrarse con su deseo. Pero el discurso perverso obtura e interrumpe esa búsqueda, ofreciendo eso que “dice” que el sujeto necesita, o desea, sin escuchar su verdadera demanda.
Esto lleva a los sujetos a producir síntomas cada vez más llamativos, más extremos, a fin de hacerse escuchar.
La función del psicoanalista hoy
Esto constituye un desafío para los psicoanalistas ya que surgen preguntas del tipo: “¿Cómo afecta esto al discurso psicoanalítico y a los propios psicoanalistas?”, “¿Cómo histerizar el discurso en un sujeto que se presenta con una suerte de goce autístico?”, “¿Cómo hacerle lugar a la palabra frente a tanta actuación?”
Sabemos que, desde su constitución, todo sujeto intenta negar, denegar o forcluir su falta en ser constitutiva. También sabemos que, en cada momento histórico-social, se ha recurrido a los argumentos circulantes para lograrlo: consejos, objetos, medicamentos, cirugía o terapias que prometen calmar el malestar, haciéndoles creer que podrán alcanzar su ideal.
El psicoanálisis opera de modo diferente: ofrece, en transferencia, una escucha en la que el sujeto es escuchado y se escucha. El psicoanalista dirige la cura, pero no la vida del sujeto.
A diferencia del discurso capitalista, el discurso del psicoanalista no se alía a la exigencia tiránica del superyó proponiendo goce, sino que permite que pueda surgir el sujeto deseante.
Nuevos síntomas, viejas preguntas
En el momento actual es necesario, una vez más, preguntarse sobre la vigencia del psicoanálisis, ya que, como sabemos, éste ha sido cuestionado desde sus orígenes.
El descubrimiento freudiano pone en tela de juicio el saber establecido —ya sea científico, religioso o político—. Propone un saber nuevo, un conocimiento de la subjetividad humana, un descubrimiento del que, paradójicamente, nadie quiere saber nada.
También las sintomatologías se presentan bajo diferentes aspectos, respondiendo al malestar en la cultura[5] preponderante. Podemos preguntarnos si los llamados “nuevos síntomas” responden al descubrimiento de nuevas patologías, de nuevas estructuras o, simplemente, son actualizaciones sintomáticas acordes a los tiempos.
Si algo podemos decir del momento actual es que la perversión del discurso imperante produce una proliferación de sintomatología en los límites haciendo que, los antiguamente denominados pacientes borderline, sean hoy trastornos límites de la personalidad, o trastornos narcisistas, etc.
Creo que podemos interpretar estas modalidades como una puesta a prueba de la ley, como un llamado al restablecimiento de la Función Paterna o como una demanda de límite al goce.
La vigencia del psicoanálisis
Es responsabilidad del psicoanalista —ya que concierne a su formación permanente— preguntarse sobre los efectos de su práctica frente a las nuevas formas en las que se manifiesta el malestar, y cómo abordarlo.
Nos encontramos con que esta supuesta especie en extinción que es el psicoanálisis sigue vigente en la medida en que un sujeto se pregunta por la causa de su sufrimiento. Quizá vayan cambiando las formas frente a las nuevas demandas, tan paradójicas como: “Voy a ver a un psicoanalista para decirle que no quiero hacer psicoanálisis”.
Quizás el psicoanalista se vea llevado a cambiar las formas debido a la proliferación de ciertas patologías que lo requieren, pero esto no significa cambiar la escucha, no se trata de hacer otra cosa que no sea psicoanálisis.
¿Cómo hacer saber de nuestra práctica sin dejarse aplastar por la perversión de un discurso social que propone cantidades de cortocircuitos alternativos y explicaciones científicas para todo?
Conclusiones
No se trata de cuestionar una por una todas las posibles terapias con las que no estamos de acuerdo, incluyendo algunos tratamientos que se dicen psicoanalíticos.
Tal vez el psicoanalista deba adaptar las formas ante la proliferación de ciertas patologías que lo requieren, pero eso no significa cambiar la escucha. No se trata de hacer otra cosa que no sea psicoanálisis, es así como seguirá vigente mientras haya un sujeto que se pregunte por la causa de su sufrimiento y se dirija a otro que se detenga a escucharlo.
Se trata, a mi entender, de profundizar, investigar y de encontrar el modo de hacer llegar el discurso psicoanalítico a diferentes ámbitos, aceptando la castración que significa “no ser bien visto”, “no ser amado” o “no ser creído” por los otros. Éste es un punto importante puesto que no se trata de caer bien, ni de amor, ni de fe, sino de un trabajo que puede, junto con otros, aliviar el sufrimiento humano.
[1] Lacan, J. Seminario 1. Clase 21, “La verdad surge de la equivocación”. 30 de junio de 1954.
[2] Lacan, J. «El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma”. En Escritos 1. Editorial Biblioteca Nueva, S.L.
[3] Lacan, J. Seminario 17. “El reverso del psicoanálisis” al que agrega uno más: el discurso capitalista
[4] Lacan, J. Seminario 10, La angustia. Paidós, Buenos Aires, 2006.
[5] Freud, S. “El malestar en la cultura (1930)”. Obras Completas, Volumen XXI. Amorrortu Editores.