El exilio son los otros
Lidia Ortiz Vives
En el marco de la Jornada sobre Migración, exilio, arte y psicoanálisis de Apertura (Barcelona, 29 de noviembre) leí la siguiente ponencia. La titulé «El exilio son los otros», haciendo eco a la conocida expresión de Jean-Paul Sartre, «el infierno son los otros», pero también podría haberla llamado Una historia familiar. Es, pues, una experiencia vivida lo que percibiréis en estas palabras.
El exilio invertido
En el otoño de 1949, mis abuelos se despidieron de su apacible vida en Tarragona y cruzaron toda España en un camión hasta llegar al puerto de Algeciras.
El barco —un pequeño vapor de pasajeros y carga— tardaba horas en atravesar las aguas siempre agitadas del Estrecho. No era aún el transbordador ligero de hoy, sino una travesía lenta, casi ritual, entre dos continentes.
Tras aquel viaje, desembarcaron en la hermosa bahía de Tánger junto a sus tres hijas —mi madre, de diez años, y sus hermanas, de ocho y dos—. No escapaban de la persecución ni del hambre, sino que buscaban un horizonte nuevo. Quizá nadie en aquel momento podía imaginar hasta qué punto ese gesto marcaría una historia familiar. ¿Qué pensamientos, qué deseos se conjugaron en la mente de mi abuela para dar ese paso que ella había decidido y organizado?
De niña había vivido la separación de sus padres a los doce años, y las andanzas con su madre por Francia y el norte de España. Lo estable nunca fue su horizonte. A ello se sumaban decisiones económicas fallidas que hicieron tambalear su seguridad. Tal vez buscaba otra cosa: no la estabilidad sino el movimiento, la posibilidad de una vida distinta, la aventura… Podríamos pensar que más que algo impuesto, fue seguir siendo fiel a un deseo marcado por la errancia. Y tal vez —me gusta imaginarlo— también buscaba reencontrarse con esa inquietud que la habitaba desde siempre.
Ella y su familia llegaron a un Tánger internacional, donde convivían españoles, franceses, ingleses, italianos, americanos, judíos sefardíes… Una ciudad vibrante que parecía un sueño, un verdadero cruce de culturas, con aires de libertad y cosmopolitismo. Pero ese esplendor tenía su reverso: los nativos estaban confinados en la medina y los arrabales, relegados a servir, tratados como ciudadanos de tercera en su propia tierra. A su viejo Tánger se había ido añadiendo la ville nouvelle, un trazado urbano totalmente europeo con edificios administrativos, villas señoriales, elegantes bulevares y avenidas para albergar y contentar a los burócratas, diplomáticos, artistas y aventureros que acudían a esa promesa de libertad y exotismo que no era para todos.
Era en realidad un exilio invertido: los extranjeros se sentían en casa y los marroquíes vivían desterrados en su propia tierra. Esa es la paradoja tangerina: una ciudad donde la extranjería se vuelve privilegio para unos y silencio para otros.
Desde el psicoanálisis, esta escena deja ver algo más profundo: el Otro —ese lugar simbólico de la Ley, del poder, del sentido— no coincide con la sangre ni con el territorio. El Otro es quien da lugar o lo niega. Los europeos en Tánger habitaban el deseo del Otro colonizador, mientras los marroquíes quedaban atrapados en un lugar sin palabra.
Podríamos decir que el mendub, representante del sultán, encarnaba esa soberanía reducida a un semblante de presencia que confirmaba la ausencia, un poder vuelto sombra, una voz que hablaba desde otro lugar. Oficialmente, Tánger seguía siendo tierra del sultán, pero desde 1923 una autoridad internacional —amparada en El protocolo de Tánger— administraba la ciudad. Tánger había sido declarada zona internacional por un acuerdo entre varias potencias europeas. La autoridad internacional ordenaba la vida de la ciudad, dejando al representante real reducido a una figura simbólica.
Esta experiencia fue narrada por escritores marroquíes como Mohamed Choukri, que dijo: “nosotros vivíamos de las basuras de los ricos”. En su novela El pan a secas, Choukri relata su infancia y juventud en ese Tánger: una vida de extrema pobreza, niños hambrientos en la calle, prostitución, violencia… El suyo no es el Tánger de los diplomáticos y los artistas, de los excéntricos y los millonarios, sino el de los que no cuentan. También Mohamed Mrabet habló desde ese lugar, figurante en su propia ciudad, sirviendo copas a expatriados, testigo de una bohemia ajena que para él era también subordinación. Sus relatos, atravesados de hambre, deseo y dignidad, intentan devolver la palabra a quienes no la tuvieron.
El mismo Mohammed V, el rey, en su histórico discurso en Tánger de abril de 1947, señaló que el exilio más profundo lo sufrían quienes no habían abandonado su tierra, los que fueron despojados de su lugar dentro de ella.
Mis abuelos, que habían emigrado buscando nuevos horizontes, se convirtieron sin saberlo en parte de ese engranaje colonial. Su lugar fue cómodo, su extranjería aceptada, incluso deseada. Quizá nunca lo pensaron así, pero cada gesto cotidiano los inscribía en una historia más amplia. El exilio no es solo desplazamiento o pérdida, sino también una forma de inscripción simbólica que nos obliga a revisar nuestra propia posición.
El regreso imposible
En Tánger se conocieron mis padres. Mi padre había nacido allí: su propio padre había cambiado Granada por Marruecos para desarrollarse como arabista y traductor. Mis padres se casaron y, años después, con mi hermana y conmigo, se trasladaron a Barcelona. A sus espaldas, la ciudad de sus sueños se iba deshaciendo por momentos. Todos aquellos europeos que la habían poblado la abandonaban ahora, huyendo, cada cual, en busca de su estrella particular.
La “deliciosa mentira”, como después llamaron a Tánger, había terminado. Ahora eran emigrantes al revés: regresaban a su país, o a sus orígenes, pero mi padre, sobre todo, se sentía expulsado. El mundo brillante al que había pertenecido, la diversidad, las gentes, la mezcla de lenguas, todo eso se había esfumado.
El retorno fue vivido como pérdida de un ideal, y durante un tiempo se recordaba a la ciudad con cierta nostalgia. Cualquier cosa los convocaba a mencionarla: un actor, un político, un artista, “ah, mira, este era de Tánger, aquél vivía en la calle Fez, su padre era taxista en Tánger; mira tu abuela, ¡¡fue al Corte Inglés y quiso regatear como en el zoco!!…”. También muchos de los objetos que poseíamos eran de allí; casi todo pareció pertenecer a Tánger durante años. Más que un lugar, parecía un personaje mítico, enigmático, probablemente femenino, que una vez nos había acogido y con quien, por esas vueltas del destino, ya no podíamos relacionarnos.
Pensando en esta historia familiar, con el paso del tiempo, comprendo que esa sensación de desarraigo no es solo familiar: es una metáfora de nuestra condición de sujetos. A menudo fuera de lugar, siempre en falta respecto a un origen imposible —esa sensación de no estar nunca del todo donde se está.
La herencia del exilio
La aventura de mis abuelos muestra que no siempre se migra por necesidad externa. A veces es también fidelidad a un deseo nómada.
El asentamiento de mis padres en Barcelona testimonia la imposibilidad del retorno, porque su Tánger ya solo podía existir en el recuerdo. Quizá todo exilio reactiva un éxodo primordial: la separación originaria y la pérdida de esa lengua primera que precede a las palabras.
La migración no solo transforma coordenadas geográficas, toca lo más íntimo del sujeto, inscribiendo una marca que atraviesa generaciones. No se resuelve al regresar a una tierra porque lo que falta no es un territorio, sino una posición simbólica, un modo de desear que se transmite en el tiempo.
En mi familia, como en tantas, la historia migratoria no se conserva solo en los álbumes o en los relatos. Se transmite en gestos, en silencios, en elecciones aparentemente triviales. El duelo por Tánger no fue solo de quienes lo vivieron: también alcanzó a quienes vinimos después, en forma de nostalgia heredada, de idealización de un lugar nunca conocido pero presente.
El exilio no es un acontecimiento cerrado, sino la manifestación visible de una alienación más profunda: esa que nos inscribe en el lenguaje del Otro. A veces creemos buscar una patria, cuando en realidad intentamos reconstruir ese lugar imposible del que alguna vez fuimos expulsados: un paraíso imaginado.
Esa errancia puede enseñarnos que no hay tierra sin lengua, ni lengua sin pérdida: que habitamos una tierra-lengua que nos habla y nos expulsa a la vez. Y, sin embargo, ahí reside también una posibilidad: hacer de ello una forma de subjetivación.
No para resignarnos, sino para encontrar en esa pérdida la condición misma de lo humano: ser habitados por lo que falta.
Y, para terminar, Lacan, en el Seminario de La angustia, cita a Étienne Gilson para recordarnos que: «La existencia es un poder ininterrumpido de activas separaciones».
Para conocer otros textos y trabajos de la autora, puede visitar su página web personal.