Estetizaciones y otras píldoras I. Montserrat Rodríguez Garzo
¿De qué hablamos al articular lo mental, lo artístico y la salud? La pregunta abre un campo interrogativo que concierne a la inscripción de los enunciados de las políticas de la salud mental en las políticas de lo artístico, y viceversa.
¿Qué es un campo? ¿Qué es la enfermedad mental? ¿Qué es la psicosis? ¿Qué tratamiento posible cabe? ¿Cuál es el objeto de un tratamiento? ¿Qué define lo terapéutico? ¿Qué es una terapia ocupacional? ¿Qué diferencia el arte terapia de lo que se conoce como terapias creativas? ¿Qué es el capitalismo cognitivo? ¿Qué es curar? ¿Qué sostiene la terapéutica vinculada a las técnicas artísticas? ¿Qué tiene que ver el posible tratamiento de las psicosis con las técnicas para los lenguajes artísticos? ¿Es lo mismo aplicación técnica que lenguaje artístico? ¿Qué diferencia hay entre educación y terapia? ¿Qué es el capitalismo cognitivo? ¿Cuál es el objeto de los programas de talleres aplicados a colectivos específicos? ¿Qué es la segregación? ¿Qué estructura tienen estas intervenciones? ¿Cuál es su protocolo? ¿Qué formación han de tener los profesionales que los imparten? ¿De qué resultados pueden dar cuenta? ¿Cuál es su beneficio institucional? ¿Qué es el capitalismo cognitivo? ¿Qué podemos decir de la articulación mente y cerebro? ¿Qué es la subjetividad? ¿Qué conocimiento tenemos de las quimioterapias psiquiátricas? ¿Qué se articula entre la industria farmacológica y los programas ID? ¿Qué es el capitalismo cognitivo? ¿Qué es la locura? ¿Es lo mismo locura que psicosis? ¿Cuáles son los ejes de la formación de los profesionales que abordan la salud mental? ¿Cómo se trata la complejidad sociopolítica de la salud mental? ¿Qué es la ansiedad? ¿La angustia es patológica? ¿Qué es un delirio? ¿Qué es un fenómeno elemental? ¿Qué es un cuerpo? ¿Qué relación hay entre el cuerpo y el lenguaje? ¿Qué es una imagen? ¿Qué es el capitalismo cognitivo? ¿Qué es la identificación? ¿Cómo se construye? ¿Qué la sostiene? ¿Qué función sostiene el lenguaje artístico? ¿Toda producción gráfico-plástica o visual es artística? ¿Qué dicen los artistas de esa identificación? ¿Están locos los artistas? ¿Son esquizofrénicos? ¿Qué es una producción delirante? ¿La obra de arte es una producción psicótica? ¿Qué es una producción patológica? ¿Qué define el campo de la psicopatología? ¿Quién lo administra? ¿Qué es el capitalismo cognitivo? ¿Hay relación entre la locura y la producción artística? ¿Los primeros escritos infantiles indican que ahí hay un escritor? ¿Todos somos Hölderling? ¿Quizá Joyce? ¿El dibujo infantil es una producción artística? ¿Cualquiera puede ser Giacometti? ¿Wittgenstein? ¿Qué sabemos de la reflexión y del trabajo de Dubuffet y Oury? ¿Un artista es un modelo de salud mental? ¿Se puede clonar el modelo artista? ¿La obra de arte es un modo de producción endémico? ¿Qué discursos sostienen esa enunciación? ¿Qué es el capitalismo cognitivo? ¿Cuál es su campo de acción? ¿Existió Tosquelles? ¿Qué es pensar? ¿Nietzsche pensaba? ¿Qué sabemos de Foucault? ¿Existió Deleuze? ¿Qué diferencia hay entre elaboración y producción? ¿Qué es la diferencia? ¿La producción artística resulta de un método asociado a una aplicación técnica? ¿Qué quiere decir Beuys cuando enuncia “cada hombre, un artista”? Etc.
“¿Qué es el capitalismo cognitivo?” La pregunta recorre el texto explícitamente organizando la sucesión de las otras formulaciones, una sucesión de preguntas hilvanadas por la repetición. La repetición, en el discurso psicoanalítico, es el nombre del trauma y está vinculada a lo que es ajeno a todo nombramiento, a la dimensión real de la experiencia de lo sensible, a lo indecible del goce sexual, a su falta de relación significante. El núcleo es la novedad, lo asemántico de todo acontecimiento, y la memoria de esta experiencia inédita es lo que motiva la constancia, la insistente repetición en la relación del sujeto con el goce. Goce estético. El goce siempre es estético, con mayor o menor participación de lo real; y el trauma, que es del cuerpo, es también un acontecimiento estético, discursivo: es un momento lógico en la constitución de los síntomas y del sínthoma, porque el cuerpo, como hemos dicho, es un acontecimiento discursivo, estético, en tanto resultado de la significación posible de lo que viene de la intimidad del ámbito de lo sensible, una conclusión que convoca a los agujeros corporales en torno a los que se construyen los azares de la mítica pulsión y los regímenes de su satisfacción, parámetros de la subjetividad.
[1] Rodríguez Garzo, M. “Estetizaciones y otras píldoras”, en Apuntes para una psiquiatría destructiva de Alfredo Aracil, EAC Comunidad de Madrid, Madrid, 2017, pp. 17-25.
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¿Qué es el psicoanálisis? Irma Bouyat entrevista a Norberto Ferrer
Norberto Ferrer nos dice qué es el psicoanálisis
ENTREVISTAS REALIZADAS EN BARCELONA, CON OCASIÓN DE LAS XXVIII JORNADAS DE CLÍNICA PSICOANALÍTICA[1] : FEMINISMO, PATRIARCADO. SUS EFECTOS
Irma Bouyat entrevista a Norberto Ferrer, Psicoanalista, escritor y miembro co-fundador de Apertura, y de Acto Barcelona, entidad organizadora de esta XXVIII edición de las Jornadas de Clínica Psicoanalítica. La entrevista puede verse en video en el canal de Youtube de Apertura.
En palabras llanas y para que todo el mundo pueda entendernos, ¿podría explicarnos la esencia del psicoanálisis?
Norberto Ferrer:
Un psicoanálisis es principalmente la práctica de un viaje al interior de uno mismo, de lo que uno cree ser y que, a posteriori, en el transcurso de dicho psicoanálisis, le hace darse cuenta de que lo que creía ser, ya no es. Entonces ¿qué es? En ese lugar aparece todo lo demás, por ejemplo, el deseo inconsciente. Durante un análisis hay un cambio de la posición subjetiva del analizante, del sujeto, donde cambian sus posiciones de goce, donde acepta mejor su sufrimiento y puede transformarlo en bienestar y en placer; de esta forma, el Sujeto hace mejor sus elecciones de amistad, de trabajo, de pareja etc… y el deseo puede ser liberado de sus ataduras a los otros (los primeros otros son los padres); en esto consiste un análisis.
Hoy —en estas XXVIII Jornadas de Clínica Psicoanalítica, dedicadas al tema: Feminismo, Patriarcado. Sus efectos— se ha hablado de “un padre, de un rey decapitado” en contraposición con el capitalismo. ¿Dónde podríamos pensar que se sitúan actualmente la mujer y el hombre, ese mismo individuo ahora “decapitado” y que ha creado el sistema en el que vivimos, basado en patrones de poder? ¿Podríamos afirmar que el hombre y la mujer, los Sujetos estamos en peligro?
Norberto Ferrer:
El Sujeto está aplastado, gracias al discurso capitalista, hoy se ha hablado de “decapitalismo”… En ese aspecto, los síntomas del inconsciente del hombre, de la mujer, del Sujeto, resurgen y permiten salir de ese aplastamiento; parece paradójico pero los síntomas nos salvan de la desaparición subjetiva, de morir subjetivamente.
¿Qué le parecen estas XXVIII Jornadas de Clínica Psicoanalítica?
Norberto Ferrer:
Me parecen muy bien porque ya, desde las primeras ponencias, se han planteado todos los temas importantes del psicoanálisis y, sobre todo, el tema de la función paterna y del lugar femenino.
[1] Entrevistas realizadas a diversos psicoanalistas con ocasión de las XXVIII Jornadas de Clínica Psicoanalítica, celebradas en Barcelona. Realización de los videos: Carlos Lázaro, Irma Bouyat. Transcripción a texto: Irma Bouyat. Revisión del texto: Lidia Ortiz.
Pueden verse en el canal de Youtube de Apertura
Carta de Freud a Lacan, de 1933
Estimado Dr. Lacan:
Gracias por el envío de su tesis de doctorado. Leía con máxima atención, centrándome, conforme a su propia indicación, en el caso que el Señor denomina “Aimée”, sobre el cual se puede decir que ha sido estructurada toda la obra. Acerca de los deseos, entonces, haré algunos comentarios psicoanalíticos, los cuales indubitablemente, deberán tocar aspectos de la teoría, ya que ésta es, finalmente, la que hace hablar a los supuestos “hechos” (el Señor recordará, al respecto, el comienzo de mis “Pulsiones y sus destinos” cuyo manifiesto liminar continúo considerando válido)
Este caso me interesó sobremanera, teniendo en cuenta la observación incluida en mi “Schreber”, en lo tocante con el mínimo de paranoia que un analista tropieza en su práctica habitualmente. Por eso es que, el Señor bien sabe, yo preferí centrarme en las Memorias del Presidente; con todo, parece que adoptando tal procedimiento –sin darme cuenta de esto a posteriori– hubiese llegado a un dato que su “Aimée” precipita como tal: Me refiero a la importancia del escrito en la paranoia, trasladada en su paciente tanto por la redacción de notas autobiográficas como de cuadernos, como por sus dos “novelas”. O sea que, el paranoico –coincidiendo en esto con el Señor… conmigo, en fin… ¿Con todos los que sentimos que debemos escribir?– no apuesta su dinero a verba-volent pero permanentemente a scripta-manent [1]
tiene que coincidir con la aproximación que se produce entre el paranoico y el filósofo, porque en éste la intensidad de lo personal es tan destacada que hasta da su nombre al sistema –escrito– que a partir de él comienza –¿Acaso todo filosofo no cree, a sabiendas o no, que su cosmovisión conforma el punto inicial del cosmos, con la consecuente derrota del caos?–. Observe el Señor, que su propuesta ateniente a Aimée –o la de ella misma– procede con la misma rutina, en cuanto vehiculiza un “prototipo” inclusive una “observación primordial”. ¡Pequeña conquista la de Aimée!, ¡prototipo primordial!: con afecto, aludo como nuestra pequeña y oscura mucama consigue ser una nada pequeña Narcisa, que acapara la ocupación libidinal del inteligente –y por qué no, erudito– Doctor Lacan, convenciéndolo de su originalidad y su unicidad, y haciendo escribir, a su vez, respecto a ella. O inclusive, instándolo a sustentar, en el mismo sentido, que “toda tarea fecunda debe imponerse la tarea de monografías psicopatológicas tan completas como sean posibles”. Claro que el psicoanálisis, en tanto disciplina de las singularidades, debe velar por la atención al repudio de todo lo que no comporte una minuciosa escucha al paciente, ¿más cree el Señor, que una monografía completa –o exhaustiva– da cuenta o respeta este carácter singular? Mi obra testimonia que las historias que redacte no fueron “creciendo”, si tomamos como caso el de la joven homosexual. Antes tendía progresivamente –pienso ahora mientras le escribo– a circunscribir, a recortar ciertas constelaciones que los instrumentos analíticos permiten esclarecer y, de hecho, esclarece. Allí pueden estatuirse prototipicidades, u observaciones primordiales. Puedo decirle que tal fue el modo fundamental según enfoqué los casos de relatos de mis queridos discípulos, los Dres. Abraham y Ferenczi. Uno escribe “lo que cae” de nuestra práctica diaria, aún si el texto resultante fuese relativamente breve. Sí, no olvido que Aimée no es un caso de psicoanálisis, en cuanto no hubo de su parte una intervención analítica, debido –como el Señor declara– a factores ajenos a su voluntad, más siendo un caso susceptible de aplicación del psicoanálisis, los lineamientos que menciona conservan su validez.
Releo el escrito y compruebo que parte desde el escrito: a partir del escrito, pues derivé de su escrito a los de Aimée, que el Señor hizo que escribiera. Más también lo que a ella le configuró su delirio fueron ciertos escritos, e imágenes publicitarias. Así, lo interesante, más todavía, lo apasionante de Aimée es comprobar cómo los medios de comunicación de masas y de espectáculos públicos, le proporcionan el soporte escenificado para diseñar sus perseguidores: la serie de la hermana, como el Señor muy bien indica, basase en la lectura de artículos periodísticos, posters y novelas, a la asistencia al teatro o al cine, a la contemplación de fotografías. Más aún, a partir de este núcleo se desgarran sus oídos contra la agitación sobre artistas, poetas, periodistas, editores que envenenan sus días.
¡Qué notable génesis “indirecta” que tanto deben molestar a nuestros adversarios del otro lado del Atlántico, tan proclives como son a esa extraña concepción allí nacida llamada “conductismo”!
Esta campesina perdida se ve bombardeada por una tormenta de palabras y de imágenes, que la atontan, la descolocan, que no le dejan ya reconocer su lugar. Su mudanza a “la ciudad luz” terminan por hacerla perder en su oscuridad, se busca, en su tentativa de reconstitución, en las letras impresas, allí firmes, allí estables, allí garantidas, las que con su tremenda difusión multiplican las garantías indicadoras de un lugar para ella, cosa que no ignora porque se caratula como una “verdadera enamorada de las palabras” –a esa expresión el Señor agrega– “ese disfrute casi sensible que le producen las palabras de su propia lengua”, advierta, sin embargo, que luego de escribir la frase transcripta, el Señor recuerda a Rousseau a propósito de “un paranoico genio”. Con todo, yo creo, que Rousseau incide en el Dr. Lacan según la idea de “buen salvaje”, ¿Por qué?, porque idealiza en Aimée –y lo generaliza– el “sentimiento de naturaleza” el cual siguiendo a Montassut [2] –cito del texto– es “característica frecuente del paranoico”, más para el Señor es “un sentimiento de valor humano positivo”, que teme sea destruido en aras de la adaptación social. El caso de Aimée, campesina, ciertamente pareciera confirmarlo, pues su eclosión delirante sucede cuando pospone al regionalismo vital la diseminación urbana de las palabras. Finalmente, que cosa no se intercambia más en las grandes ciudades, que palabras. Pero, ¿la naturaleza guarda en sí alguna cualidad terapéutica, en todo caso, equilibrante, según colijo, acaso transmite algo puro, no tomado de la acción depredadora de los hombres?
Es cierto que no hay cultura sin malestar, yo lo dije, pero no es menos cierto que no hay naturaleza sin cultura. O sea, transitivamente, no hay naturaleza que no sea alcanzada por el malestar. Otra cosa es colocar, como el Señor sagazmente lo indica, la cuestión de la multiplicación de mensajes, es el modo de participación social que pauta, inclusive, un periódico. Es unos de los efectos de los avances de la ciencia y de la industria sobre el modo de constitución y de adolecer mentalmente de una persona; quiero decir que eleva a potencia o a alcance de “parroquia”, aquella que recordaba Bergson, como condición para la eficacia de un chiste. Es por eso que respaldo absolutamente la certera afirmación que el Señor escribía así: “el delirio de interpretación… es un delirio de la casa, de la calle, del foro”. Para su paciente, según su registro, la víctima le fue cambiando desde su hermana, en la villa, hasta la señora Z, ofrecida como vedette por el foro, a quién ataca en plena calle. Esta señora Z no es como el Flechsig de Schreber: es un ser distante, una visión fugaz, un nombre en un lugar investido, antes que todo de símbolos de reconocimiento parroquial, que se prestaba a que su Ideal del Yo todavía asentara sus bases. Y acontece que su mejor amiga, aunque se haya transformado en un acosador, no pudiera cargar sobre sí el peso del lugar, por no disponer de título que la autorizaran a tanto, esta hipótesis que el Señor piensa, la que juzgo correcta, no se compadece, sin embargo, con otra expresada, en la que afirma que la mejor amiga “hubiese sido agredida si hubiese estado a su alcance”. Entiendo que esta contradicción surge de la mezcla de dos criterios: uno el psicoanalítico, que rescata lo acontecido y lo somete a interpretación, el otro, corresponde más a un ejercicio imaginativo.
Quiero significarle que el objeto de agresión o del delirio, revela en Aimée un carácter más fácilmente móvil que en Schreber, como connotando más nítidamente un funcionamiento pulsional, un carácter menos viscoso de la libido que el mostrado por el Presidente. En efecto la mejor amiga fue la que habló por primera vez con la señora Z de Sarah Bernhardt, que se constituye en una de sus principales perseguidoras, vale decir que quien decía, quien hablaba, se descolocó sobre los nombres de las personas de quien hablaba, ellas fueron su sustituto, de nombre a nombre, en una verdadera cadena de deslizamiento incoercible. Digno de una “enamorada de palabras” que nos enseña inequívocamente, como le decía, el despropósito que postula el conductismo, pues que podría argumentar éste, con su simplismo explicativo, sobre el hecho que lo dicho sustituye a quien lo dice, sin los choques o diques propios de los modos psiconeuróticos, claro que con todo hay que ligar su modo psicótico con los psiconeuróticos, ya que el sentido de sus síntomas, o de sus actos, permanecen ocultos y enigmáticos.
En referencia a la temática de los mecanismos productores, deseaba comentarle algunos puntos, comenzando por la auto-punición, tan decisivas en sus solidas argumentaciones. El Señor capta en Aimée una problemática que la localiza “más allá del principio del placer” en cuanto a las consecuencias que se presentan de su acto agresivo, ya que éste tiene, a decir verdad, como acto pulsional, coincidiendo, por otro lado, fuente y fin de la pulsión. Sin embargo, claro, digo “ella” y debo corregirme: ¿qué significa ella desde que el psicoanálisis nos demuestra la participación del aparato psíquico?, para preguntárnoslo de modo más apropiado, “lo qué de ella”, el Señor responde que “su ideal exteriorizado”–y está en lo cierto– solo que esta agresión patentiza su carácter irrisorio, en tanto ella intenta eliminar su ideal envidiado, obedeciendo un mandato autodestructivo de su Súper Yo. Esto, a lo que yo llame “imperativo categórico” –siguiendo a Kant– por su condición de inapelabilidad, significa para el Señor uno de los puntos, el punto al que el psicoanálisis más notoriamente adhiere, lo que no deja de complacerme. Más colegí de aquí que “los mecanismos psíquicos de autocastigo” conforma una hipótesis “nada implicada… de las primeras síntesis teóricas” psicoanalíticas, me parece ya una afirmación que temo no poder compartirla. ¿Por qué?, porque muy temprano, en La Interpretación de los Sueños, hice mención a los “sueños punitivos”, en un capítulo ni marginal ni secundario, en efecto afirmaba allí que “ha de concederse que admitiéndolos (a los sueños punitivos) se agrega allí un cierto sentido a la teoría de los sueños”, afirmando líneas después que “el carácter esencial de los sueños punitivos reside en que en ellos el formador del sueño no es el deseo inconsciente que procede de lo reprimido (o sistema inconsciente), señalo el deseo punitivo que recae contra aquel, este último pertenece al Yo, aunque también inconsciente (es decir pre-consciente)”, claro, hace tres años me vi forzado, ante una nueva edición del libro, adosando una nota al pie, indicando que ese era el lugar donde debía colocarse al Súper Ego, en tanto descubrimiento posterior del psicoanálisis. Ahora, recuerdo también haber redactado –para esa misma edición– otra nota incluida en el capítulo VI, párrafo “los efectos del sueño”, en que puntuaba una hipótesis que también estimo pertinente: “Es fácil reconocer en estos sueños punitivos el cumplimiento de deseo del Súper Yo, lo que implica, a mi juicio, una reformulación más precisa –basada en nuevos descubrimientos de la teoría psicoanalítica– de un fenómeno ya circunscripto y ya jerarquizado, tanto es así que en mi afán de dejar esto aclarado firmemente, entenderá que esta precisión no se aplica únicamente al ámbito onírico, pues en este mismo texto la extiendo a los síntomas. Podrá rever así, el caso de la paciente con vómito histérico, su síntoma, escribí “solo se engendra donde dos cumplimientos de deseos opuestos, proveniente cada uno de distintos sistemas psíquicos, pueden coincidir en una expresión” por lo que ellos debían ajustarse también “a la ilación de pensamientos punitivos”. Lo mismo ocurre con respecto al caso Dora, cuando adjudico su pretendida “neuralgia facial” a un autocastigo, o cuando asumo idéntica posición ante el impulso suicida o la manía de enflaquecer del paciente en el Hombre de las Ratas. Así, siguiendo la misma línea en otros textos, todos anteriores a 1921, (observo este año para manifestarle que en él se puede datar mi Segunda Teoría del Aparato Psíquico, pues Psicología de las Masas se desarrolla a mi entender cómodamente, si bien no ha sido comprendida bien por los comentadores).
Bien: Dr. Lacan, cuique suum tribuere.[3] Más siguiendo dichas preceptivas, debo agradecerle sinceramente el aporte que el Señor ha realizado acerca de la función del Súper Ego, no suficientemente destacada en psicoanálisis hoy día. Aludo a la operación aloplástica de dicha instancia. El Señor seguramente tendrá presente que esta clasificación –autoplástica / aloplástica– la incluí hasta ahora solamente en la perdida de la realidad en la psicosis y la neurosis, más me parece sumamente valida su articulación como una dimensión superyóica, por cuanto permite la intelección no solamente en cuanto al sentimiento de culpa, si no específicamente en la consumación de la necesidad de castigo, como acontece evidentemente con Aimée. Esto había sido señalado por Alexander –que el Señor cita– en su libro “El carácter neurótico” de 1930 –porque un título idéntico utilizó el injusto Adler dieciocho años antes– sobre un tipo de paciente que canalizan sus conflictos antes de actuarlos en la realidad, que los revela bajo forma sintomática. Más creo que Alexander se equivoca cuando idealiza esta condición de “carácter neurótico” al creer que ésta ya tenía resuelta su relación con la realidad, la cual, al contrario, debería retornar lo que estuviese separado –autoplásticamente– de ella. Creo, en efecto, que Alexander desestima el factor de renegación en juego, que torna esa realidad modelada de forma tal que para su presentación fidedigna el crimen se autolejitima. Diferente de Alexander, el Señor desataca el lado descriptivo, anti-adaptativo del Súper Yo, su hiperpresencia destilada en los efectos –reales– de retorno que suscita, más que en su hipotética ausencia juzgada de acuerdo con la falta de inhibiciones motrices, en este sentido, no se trata la verdad de ausencia, si no de esa orden de superación conservadora que me parece tematizado en Schreber así: “lo superado-conservado dentro retorna de afuera”. Su localización conceptual del Súper Yo me llevó a una fecunda revisión del concepto que vertí en el prólogo de Aichhorn, en el sugiero la idea de una eventual falla superyoica en la estructura del delincuente impulsivo; su contribución, en cambio, me reconduce apropiadamente a estas pocas líneas que –años antes de este prologo– destiné a reflexión sobre “los que delinquen por sentimiento de culpa”. Creo que éstos, en verdad, se alivian como su Aimée, enseguida después del acto en cuestión, “se curan” por la obediencia al insensato mandato superyóico bastante más violento y eficaz en el retorno “viniendo de afuera” puesto en juego. Necesidad de castigo, como le decía, que avala tanto su postura, como que Alexander pisoteo en su Psychoanalyse der Gesamtpersonlichkeit: el castigo o el sufrimiento no comportan un beneficio secundario del síntoma –dicho de modo general– si no, un beneficio primario. Esto es lo que traté de exponer cuando hice mención de “las resistencias del Súper Yo”, en tanto él, como el Señor comprendiera, y lo hizo funcionar a las mil maravillas. Yo colijo que esto fue posible en la medida que él –su antecesor– puede asegurar que el Súper Yo no se configura en función de una supuesta introyección individual de las normas manifiestas vigentes en la sociedad actual, si no que implica algo admirablemente bien resumido en Nunberg, así: “Alexander lo considera como un código de todos los tiempos, invariable y recóndito en las profundidades del yo”.
El Señor pesquisó con agudeza y lucidez los meandros, los recovecos del psiquismo de Aimée, que transformaran una orden caótica en una concepción donde una hipermoral justiciera armó su mano con una navaja para responder al pedido de dar sentido a su propia vida, al precio de tratar de suprimir al señor Z. Tal vez la línea de profundización de estos desenvolvimientos se encuentre, doctor Lacan, en gran parte en su futuro, como estudioso y practicante del psicoanálisis.
Y ahora, para finalizar, permítame ir estableciendo una suerte de profecía – que su texto me permite esbozar – a cerca de los destinos del psicoanálisis en Francia. El Señor menciona reiteradamente a Janet, aseverando que su postulación de “psicastenia” es la más ajustada para la caracterización de las insuficiencias de personalidad de Aimée, (escrúpulos, perseveraciónes, inacabamiento de tareas, etc.), conjuntamente –cabe reconocerlo– con la descripción de Kretschmer, sobre el “carácter sensitivo”. Bien es sabido que la actitud de Janet sobre el psicoanálisis ha alternado entre la beligerancia y el total desconocimiento de su originalidad, en tanto se permitió arrogarse la paternidad de los descubrimientos de nuestra disciplina. Primer punto entonces. Vamos, si el Señor me permite, al que sitúo a continuación: Henri Claude, a quien el Señor agradece por el apadrinamiento de la tesis que motiva la presente, y con el cual, por otro lado, el Señor colaboró tanto a nivel clínico como al nivel de co-autoría de escritos. Pues bien, acontece que en 1924 el mismo Claude apoyaba las extrañas ideas resistentes al psicoanálisis que por esa época circulaban en Francia, las cuales doy cuenta en el párrafo VI de mi Autobiografía, que entonces redactaba. En efecto, al presentarse el libro de Laforgue y Allendy, “Psicoanálisis y Neurosis”, Claude escribió que: “se impone reservas desde un principio, ya que el psicoanálisis no se adaptó aún a la indagación de mentalidades francesas. Algunos procedimientos de investigación fueron una delicadeza de los sentimientos íntimos, y algunas generalizaciones de un simbolismo exagerado, quizá aplicables a sujetos de otras razas, no me parecen aplicables en Indiscutiblemente se me escapó un error: dije más arriba “el mismo Claude”, es claro que no puede ser el mismo que nueve años atrás fue el autor de dichas impropiedades –cuasi nacionalsocialista – y ahora apadrina una tesis sobre psicosis paranoica de tamaña calidad.
Porque creo que el Señor, doctor Lacan, resume –condensa– el tercer punto: la esperanza joven, que tomando en cuenta la tradición de la mejor psiquiatría francesa, procede a cruzarla con el instrumento analítico que, en su país, ingresó primero por las “bellas letras”, puente con el cual –importancia de las letras mediante– vuelvo al comienzo, que no es volver, claro está: Gracias, muchas gracias por el envío de su tesis de doctorado, con mis más afectuosos saludos,
Su,
Freud
Traducción de portugués a español:
Damián Morelli Rodríguez
Sobre la carta ficticia
Esta es la “carta” que, supuestamente, Sigmund Freud le remitiera a Jacques Lacan en ocasión de haber recibido su tesis de doctorado, fechada en 1933.
La única correspondencia que Freud le envía a Lacan es “una tarjeta postal”:
Wien. 8.I.1933
Dank für Zusendung Ihrer Dissertation.
Freud
Viena 8.I.1933
Gracias por enviar su tesis.
Freud
Esta tarjeta postal no se encuentra en Sigmund Freud Papers: General Correspondence, Manuscript Division, Library of Congress, Washington, D.C., 1996. Está publicada en Correspondencia de Sigmund Freud, tomo V, Edición de N. Caparrós, Madrid, Biblioteca Nueva, 2002, p. 362.
El texto manuscrito (La carte postale de S. Freud à J. Lacan, 1933) apareció con su anverso y reverso en la portada del número 29 de la revista Ornicar?, revue du Champ freudien, été 1984, Paris, Navarin.

La tarjeta postal lleva en una de las caras la dirección doble del destinatario. En el envío Lacan no especificó su residencia con claridad -vivía en la rue de la Pompe, pero se domiciliaba en Boulogne- y Freud tuvo que registrar ambas direcciones.

En la otra cara el lugar y la fecha, Wien. 8.I.1933, y el breve mensaje: «Dank für Zusendung Ihrer Dissertation. Freud».
La carta ficticia
Roberto Harari (1943-2009), psicoanalista argentino, es invitado a colaborar un año después, en 1985, en la revista Ornicar? Se inspira en la portada del número 29 que muestra las fotos por ambas caras del único envío postal que Freud le remitiera a Lacan. Y decide redactar como texto una extensa e ingeniosa “carta ficticia” de Freud a Lacan. Con la frase que aparece en la tarjeta postal, que ocupa solo una línea, Harari construye como divertimento “su carta”: « Merci de m’avoir adressé votre thèse de doctorat. Je l’ai lue très attentivement (…) Freud » (R. Harari, Une (la seule) lettre inédite de Freud à Lacan. Divertissement, Ornicar ? 33, revue du Champ freudien, été 1985, Paris, Navarin, pp. 150-59).
Notas del traductor:
[1] NT: es una cita latina tomada de un discurso de Cayo Tito al senado romano, y significa: "las palabras vuelan, lo escrito queda".
[2] NT: Marcel Montassut, La constitución paranoica, 1924.
[3] NT: "dar cada uno lo suyo" cita del jurista romano Dominico Ulpiano.
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Entrevista a Sigmund Freud, por George Sylvester Viereck (1926)
Esta entrevista fue concedida al periodista George Sylvester Viereck en 1926 en la casa de Sigmund Freud en los Alpes suizos.
Se creía perdida pero en realidad se encontró que había sido publicada en el volumen de "Psychoanalysis and the Future", en New York en 1957.
Fue traducida del inglés al portugués por Paulo César Souza y al castellano por Miguel Ángel Arce.
La reproducimos a continuación:
Setenta años me enseñaron a aceptar la vida con serena humildad.
Quien habla es el profesor Sigmund Freud, el gran explorador del alma. El escenario de nuestra conversación fue en su casa de verano en Semmering, una montaña de los Alpes austríacos. Yo había visto el país del psicoanálisis por última vez en su modesta casa de la capital austríaca. Los pocos años transcurridos entre mi última visita y la actual, multiplicaron las arrugas de su frente. Intensificaron la palidez de sabio. Su rostro estaba tenso, como si sintiese dolor. Su mente estaba alerta, su espíritu firme, su cortesía impecable como siempre, pero un ligero impedimento en su habla me perturbó. Parece que un tumor maligno en el maxilar superior tuvo que ser operado. Desde entonces Freud usa una prótesis, lo cual es una constante irritación para él.
Sigmund Freud: Detesto mi maxilar mecánico, porque la lucha con este aparato me consume mucha energía preciosa. Pero prefiero esto a no tener ningún maxilar. Aún así prefiero la existencia a la extinción. Tal vez los dioses sean gentiles con nosotros, tornándonos la vida más desagradable a medida que envejecemos. Por fin, la muerte nos parece menos intolerable que los fardos que cargamos.
(Freud se rehúsa a admitir que el destino le reserva algo especial).
Sigmund Freud: ¿Por qué (dice calmamente) debería yo esperar un tratamiento especial? La vejez, con sus arrugas, llega para todos. Yo no me revelo contra el orden universal. Finalmente, después de setenta años, tuve lo bastante para comer. Aprecié muchas cosas -en compañía de mi mujer, mis hijos- el calor del sol. Observé las plantas que crecen en primavera. De vez en cuando tuve una mano amiga para apretar. En otra ocasión encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo querer?
George Sylvester Viereck: El señor tiene una fama. Su obra prima influye en la literatura de cada país. Los hombres miran la vida y a sí mismos con otros ojos, por causa de este señor. Recientemente, en el septuagésimo aniversario, el mundo se unió para homenajearlo, con excepción de su propia universidad.
Sigmund Freud: Si la Universidad de Viena me demostrase reconocimiento, me sentiría incómodo. No hay razón en aceptarme a mí o a mi obra porque tengo setenta años. Yo no atribuyo importancia insensata a los decimales. La fama llega cuando morimos y, francamente, lo que ven después no me interesa. No aspiro a la gloria póstuma. Mi virtud no es la modestia.
George Sylvester Viereck: ¿No significa nada el hecho de que su nombre va a perdurar?
Sigmund Freud: Absolutamente nada, es lo mismo que perdure o que nada sea cierto. Estoy más bien preocupado por el destino de mis hijos. Espero que sus vidas no sean difíciles. No puedo ayudarlos mucho. La guerra prácticamente liquidó mis posesiones, lo que había adquirido durante mi vida. Pero me puedo dar por satisfecho. El trabajo es mi fortuna.
(Estábamos subiendo y descendiendo una pequeña elevación de tierra en el jardín de su casa. Freud acarició tiernamente un arbusto que florecía)
Sigmund Freud: Estoy mucho más interesado en este capullo de lo que me pueda acontecer después de estar muerto.
George Sylvester Viereck: ¿Entonces, el señor es, al final, un profundo pesimista?
Sigmund Freud: No, no lo soy. No permito que ninguna reflexión filosófica complique mi fluidez con las cosas simples de la vida.
George Sylvester Viereck: ¿Usted cree en la persistencia de la personalidad después de la muerte, de la forma que sea?
Sigmund Freud: No pienso en eso. Todo lo que vive perece. ¿Por qué debería el hombre constituir una excepción?
George Sylvester Viereck: ¿Le gustaría retornar en alguna forma, ser rescatado del polvo? ¿Usted no tiene, en otras palabras, deseo de inmortalidad?
Sigmund Freud: Sinceramente no. Si la gente reconoce los motivos egoístas detrás de la conducta humana, no tengo el más mínimo deseo de retornar a la vida; moviéndose en un círculo, sería siempre la misma. Más allá de eso, si el eterno retorno de las cosas, para usar la expresión de Nietzsche, nos dotase nuevamente de nuestra carnalidad y lo que involucra, ¿para qué serviría sin memoria? No habría vínculo entre el pasado y el futuro. Por lo que me toca, estoy perfectamente satisfecho en saber que el eterno aborrecimiento de vivir finalmente pasará. Nuestra vida es necesariamente una serie de compromisos, una lucha interminable entre el ego y su ambiente. El deseo de prolongar la vida excesivamente me parece absurdo.
George Sylvester Viereck: Bernard Shaw sustenta que vivimos muy poco. El encuentra que el hombre puede prolongar la vida si así lo desea, llevando su voluntad a actuar sobre las fuerzas de la evolución. Él cree que la humanidad puede recuperar la longevidad de los patriarcas.
Sigmund Freud: Es posible que la muerte en sí no sea una necesidad biológica. Tal vez morimos porque deseamos morir. Así como el amor o el odio por una persona viven en nuestro pecho al mismo tiempo, así también toda la vida conjuga el deseo de la propia destrucción. Del mismo modo como un pequeño elástico tiende a asumir la forma original, así también toda materia viva, conciente o inconcientemente, busca readquirir la completa, la absoluta inercia de la existencia inorgánica. El impulso de vida o el impulso de muerte habitan lado a lado dentro nuestro. La muerte es la compañera del Amor. Ellos juntos rigen el mundo. Esto es lo que dice mi libro: "Más allá del principio del placer" En el comienzo del psicoanálisis se suponía que el Amor tenía toda la importancia. Ahora sabemos que la Muerte es igualmente importante. Biológicamente, todo ser vivo, no importa cuán intensamente la vida arda dentro de él, ansía el Nirvana, la cesación de la "fiebre llamada vivir". El deseo puede ser encubierto por digresiones, no obstante, el objetivo último de la vida es la propia extinción.
George Sylvester Viereck: Esto es la filosofía de la autodestrucción. Ella justifica el auto-exterminio. Llevaría lógicamente al suicidio universal imaginado por Eduard Von Hartmann.
Sigmund Freud: La humanidad no escoge el suicidio porque la ley de su ser desaprueba la vía directa para su fin. La vida tiene que completar su ciclo de existencia. En todo ser normal, la pulsión de vida es fuerte, lo bastante para contrabalancear la pulsión de muerte, pero en el final, ésta resulta más fuerte. Podemos entretenernos con la fantasía de que la muerte nos llega por nuestra propia voluntad. Sería más posible que no pudiéramos vencer a la muerte porque en realidad ella es un aliado dentro de nosotros. En este sentido (añadió Freud con una sonrisa) puede ser justificado decir que toda muerte es un suicidio disfrazado.
(Estaba haciendo frío en el jardín. Continuamos la conversación en el gabinete. Vi una pila de manuscritos sobre la mesa, con la caligrafía clara de Freud).
George Sylvester Viereck: ¿En qué está trabajando el señor Freud?
Sigmund Freud: Estoy escribiendo una defensa del análisis lego, del psicoanálisis practicado por los legos. Los doctores quieren establecer al análisis ilegal para los no-médicos. La historia, esa vieja plagiadora, se repite después de cada descubrimiento. Los doctores combaten cada nueva verdad en el comienzo. Después procuran monopolizarla.
George Sylvester Viereck: ¿Usted tuvo mucho apoyo de los legos?
Sigmund Freud: Algunos de mis mejores discípulos son legos.
George Sylvester Viereck: ¿El Señor Freud está practicando mucho psicoanálisis?
Freud: Ciertamente. En este momento estoy trabajando en un caso muy difícil, intentando desatar conflictos psíquicos de un interesante paciente nuevo. Mi hija también es psicoanalista como usted puede ver....
(En ese momento apareció Miss Anna Freud, acompañada por su paciente, un muchacho de once años de facciones inconfundiblemente anglosajonas)
George Sylvester Viereck: ¿Usted ya se analizó a sí mismo?
Sigmund Freud: Ciertamente. El psicoanalista debe constantemente analizarse a sí mismo. Analizándonos a nosotros mismos, estamos más capacitados para analizar a otros. El psicoanalista es como un chivo expiatorio de los hebreos, los otros descargan sus pecados sobre él. El debe practicar su arte a la perfección para liberarse de los fardos cargados sobre él.
George Sylvester Viereck: Mi impresión es de que el psicoanálisis despierta en todos los que lo practican el espíritu de la caridad cristiana. Nada existe en la vida humana que el psicoanálisis no nos pueda hacer comprender. "Tout comprendre c'est tout pardonner".
Sigmund Freud: Por el contrario (acusó Freud sus facciones asumiendo la severidad de un profeta hebreo), comprender todo no es perdonar todo. El análisis nos enseña apenas lo que podemos soportar, pero también lo que podemos evitar. El análisis nos dice lo que debe ser eliminado. La tolerancia con el mal no es de manera alguna corolario del conocimiento.
(Comprendí súbitamente por qué Freud había litigado con sus seguidores que lo habían abandonado, porque él no perdona disentir del recto camino de la ortodoxia psicoanalítica. Su sentido de lo que es recto es herencia de sus ancestros. Una herencia de la que él se enorgullece como se enorgullece de su raza).
Sigmund Freud: Mi lengua es el alemán. Mi cultura, mi realización es alemana. Yo me considero un intelectual alemán, hasta que percibí el crecimiento del preconcepto anti-semita en Alemania y en Austria. Desde entonces prefiero considerarme judío.
(Quedé algo desconcertado con esta observación. Me parecía que el espíritu de Freud debería vivir en las alturas más allá de cualquier preconcepto de razas, que él debería ser inmune a cualquier rencor personal. En tanto no precisamente a su indignación, a su honesta ira, se volvía más atrayente como ser humano. ¡Aquiles sería intolerable si no fuese por su talón!)
George Sylvester Viereck: Me pone contento, Herr Profesor, de que también el señor tenga sus complejos, de que también el señor Freud demuestre que es un mortal!
Sigmund Freud: Nuestros complejos son la fuente de nuestra debilidad; pero con frecuencia, son también la fuente de nuestra fuerza.
George Sylvester Viereck: Imagino, observo, ¡cuáles serían mis complejos!
Sigmund Freud: Un análisis serio dura más o menos un año. Puede durar igualmente dos o tres años. Usted está dedicando muchos años de su vida la "caza de los leones". Usted procuró siempre a las personas destacadas de su generación: Roosevelt, El Emperador, Hindenburgh, Briand, Foch, Joffre, Georg Bernard Shaw....
George Sylvester Viereck: Es parte de mi trabajo.
Sigmund Freud: Pero también es su preferencia. El gran hombre es un símbolo. Su búsqueda es la búsqueda de su corazón. Usted también está procurando al gran hombre para tomar el lugar de su padre. Es parte del complejo del padre.
(Negué vehementemente la afirmación de Freud. Mientras tanto, reflexionando sobre eso, me parece que puede haber una verdad, no sospechada por mí, en su sugestión casual. Puede ser lo mismo que el impulso que me llevó a él)
George Sylvester Viereck: Me gustaría, observé después de un momento, poder quedarme aquí lo bastante para vislumbrar mi corazón a través de sus ojos. ¡Tal vez, como la Medusa, yo muriese de pavor al ver mi propia imagen! Aún cuando no confío en estar muy informado sobre psicoanálisis, frecuentemente anticiparía o tentaría anticipar sus intenciones.
Sigmund Freud: La inteligencia en un paciente no es un impedimento. Por el contrario, muchas veces facilita el trabajo.
(En este punto el maestro del psicoanálisis difiere bastante de sus seguidores, que no gustan mucho de la seguridad del paciente que tienen bajo su supervisión)
George Sylvester Viereck: A veces imagino si no seríamos más felices si supiésemos menos de los procesos que dan forma a nuestros pensamientos y emociones. El psicoanálisis le roba a la vida su último encanto, al relacionar cada sentimiento a su original grupo de complejos. No nos volvemos más alegres descubriendo que todos abrigamos al criminal o al animal.
Sigmund Freud: ¿Qué objeción puede haber contra los animales? Yo prefiero la compañía de los animales a la compañía humana.
George Sylvester Viereck: ¿Por qué?
Sigmund Freud: Porque son más simples. No sufren de una personalidad dividida, de la desintegración del ego, que resulta de la tentativa del hombre de adaptarse a los patrones de civilización demasiado elevados para su mecanismo intelectual y psíquico. El salvaje, como el animal es cruel, pero no tiene la maldad del hombre civilizado. La maldad es la venganza del hombre contra la sociedad, por las restricciones que ella impone. Las más desagradables características del hombre son generadas por ese ajuste precario a una civilización complicada. Es el resultado del conflicto entre nuestros instintos y nuestra cultura. Mucho más desagradables que las emociones simples y directas de un perro, al mover su cola, o al ladrar expresando su displacer. Las emociones del perro (añadió Freud pensativamente), nos recuerdan a los héroes de la antigüedad. Tal vez sea esa la razón por la que inconcientemente damos a nuestros perros nombres de héroes como Aquiles o Héctor.
George Sylvester Viereck: Mi cachorro es un dóberman Pinscher llamado Ájax.
Sigmund Freud: (sonriendo) Me contenta saber que no pueda leer. ¡El sería ciertamente, el miembro menos querido de la casa, si pudiese ladrar sus opiniones sobre los traumas psíquicos y el complejo de Edipo!
George Sylvester Viereck: Aún usted, profesor, sueña la existencia compleja por demás. En tanto me parece que el señor sea en parte responsable por las complejidades de la civilización moderna. Antes que usted inventase el psicoanálisis, no sabíamos que nuestra personalidad es dominada por una hueste beligerante de complejos cuestionables. El psicoanálisis vuelve a la vida como un rompecabezas complicado.
Sigmund Freud: De ninguna manera. El psicoanálisis vuelve a la vida más simple. Adquirimos una nueva síntesis después del análisis. El psicoanálisis reordena el enmarañado de impulsos dispersos, procura enrollarlos en torno a su carretel. O, modificando la metáfora, el psicoanálisis suministra el hilo que conduce a la persona fuera del laberinto de su propio inconciente.
George Sylvester Viereck: Al menos en la superficie, pues la vida humana nunca fue mas compleja. Cada día una nueva idea propuesta por usted o por sus discípulos, vuelven un problema de la conducta humana más intrigante y más contradictorio.
Sigmund Freud: El psicoanálisis por lo menos, jamás cierra la puerta a una nueva verdad.
George Sylvester Viereck: Algunos de sus discípulos, más ortodoxos que usted, se apegan a cada pronunciamiento que sale de su boca.
Sigmund Freud: La vida cambia. El psicoanálisis también cambia. Estamos apenas en el comienzo de una nueva ciencia.
George Sylvester Viereck: La estructura científica que usted levanta me parece ser mucho más elaborada. Sus fundamentos -la teoría del "desplazamiento", de la "sexualidad infantil", de los "simbolismos de los sueños", etc.- parecen permanentes.
Sigmund Freud: Yo repito, pues, que estamos apenas en el inicio. Yo apenas soy un iniciador. Conseguí desenterrar monumentos enterrados en los sustratos de la mente. Pero allí donde yo descubrí algunos templos, otros podrán descubrir continentes.
George Sylvester Viereck: ¿Usted siempre pone el énfasis sobre todo en el sexo?
Sigmund Freud: Respondo con las palabras de su propio poeta, Walt Whitman: "Más todo faltaría si faltase el sexo" (Yet all were lacking, if sex were lacking). Mientras tanto, ya le expliqué que ahora pongo el énfasis casi igual en aquello que está "más allá" del placer -la muerte, la negociación de la vida. Este deseo explica por qué algunos hombres aman al dolor -como un paso para el aniquilamiento! Explica por qué los poetas agradecen a:
Whatever gods there be,
That no life lives forever
And even the weariest river
Wind somewhere safe to sea.
("Cualesquiera dioses que existan
Que la vida ninguna viva para siempre
Que los muertos jamás se levanten
Y también el río más cansado
Desagüe tranquilo en el mar")
George Sylvester Viereck: Shaw, como usted, no desea vivir para siempre, pero a diferencia de usted, él considera al sexo carente de interés.
Sigmund Freud: (Sonriendo) Shaw no comprende al sexo. El no tiene ni la más remota concepción del amor. No hay un verdadero caso amoroso en ninguna de sus piezas. El hace humoradas del amor de Julio César -tal vez la mayor pasión de la historia. Deliberadamente, tal vez maliciosamente, él despoja a Cleopatra de toda grandeza, relegándola a una simple e insignificante muchacha. La razón para la extraña actitud de Shaw frente al amor, por su negación del móvil de todas las cosas humanas, que emanan de sus piezas el clamor universal, a pesar de su enorme alcance intelectual, es inherente a su psicología. En uno de sus prefacios, él mismo enfatiza el rasgo ascético de su temperamento. Yo puedo estar errado en muchas cosas, pero estoy seguro de que no erré al enfatizar la importancia del instinto sexual. Por ser tan fuerte, choca siempre con las convenciones y salvaguardas de la civilización. La humanidad, en una especie de autodefensa procura su propia importancia. Si usted raspa a un ruso, dice el proverbio, aparece el tártaro sobre la piel. Analice cualquier emoción humana, no importa cuán distante esté de la esfera de la sexualidad, y usted encontrará ese impulso primordial al cual la propia vida debe su perpetuidad.
George Sylvester Viereck: Usted, sin duda, fue bien seguido al transmitir ese punto de vista a los escritores modernos. El psicoanálisis dio nuevas intensidades a la literatura.
Sigmund Freud: También recibí mucho de la literatura y la filosofía. Nietzsche fue uno de los primeros psicoanalistas. Es sorprendente ver hasta qué punto su intuición preanuncia las novedades descubiertas. Ninguno se percató más profundamente de los motivos duales de la conducta humana, y de la insistencia del principio del placer en predominar indefinidamente que él. El Zaratustra dice: "El dolor grita: ¡Va! Pero el placer quiere eternidad Pura, profundamente eternidad". El psicoanálisis puede ser menos discutido en Austria y en Alemania que en los Estados Unidos, su influencia en la literatura es inmensa por lo tanto. Thomas Mann y Hugo Von Hofmannsthak mucho nos deben a nosotros. Schnitzler recorre un sendero que es, en gran medida, paralela a mi propio desarrollo. El expresa poéticamente lo que yo intento comunicar científicamente. Pero el Dr. Schnitzle no es ni siquiera un poeta, es también un científico.
George Sylvester Viereck: Usted no sólo es un científico, también es un poeta. La literatura americana está impregnada de psicoanálisis. Hupert Hughes, Harvrey O'Higgins y otros, son sus intérpretes. Es casi imposible abrir una nueva novela sin encontrar alguna referencia al psicoanálisis. Entre los dramaturgos Eugene O'Neill y Sydney Howard tienen una gran deuda con usted. "The Silver Cord" por ejemplo, es simplemente una dramatización del complejo de Edipo.
Sigmund Freud: Yo sé y entiendo el cumplido que hay en esa afirmación. Pero, tengo cierta desconfianza de mi popularidad en los Estados Unidos. El interés americano por el psicoanálisis no se profundiza. La popularización lo lleva a la aceptación sin que se lo estudie seriamente. Las personas apenas repiten las frases que aprenden en el teatro o en las revistas. Creen comprender algo del psicoanálisis porque juegan con su argot. Yo prefiero la ocupación intensa con el psicoanálisis, tal como ocurre en los centros europeos, aunque Estados Unidos fue el primer país en reconocerme oficialmente.
La Clark University me concedió un diploma honorario cuando yo siempre fui ignorado en Europa. Mientras tanto, Estados Unidos hace pocas contribuciones originales al psicoanálisis.
Los americanos son jugadores inteligentes, raramente pensadores creativos. Los médicos en los Estados Unidos, y ocasionalmente también en Europa, tratan de monopolizar para sí al psicoanálisis. Pero sería un peligro para el psicoanálisis dejarlo exclusivamente en manos de los médicos, pues una formación estrictamente médica es con frecuencia, un impedimento para el psicoanálisis. Es siempre un impedimento cuando ciertas concepciones científicas tradicionales están arraigadas en el cerebro.
¡Freud tiene que decir la verdad a cualquier precio! Él no puede obligarse a sí mismo a agradar a Estados Unidos donde están la mayoría de sus seguidores. A pesar de su rudeza, Freud es la urbanidad en persona. Él oye pacientemente cada intervención, procurando nunca intimidar al entrevistador. Raro es el visitante que se aleja de su presencia sin un presente, alguna señal de hospitalidad.
Había oscurecido. Era tiempo de tomar el tren de vuelta a la ciudad que una vez cobijara el esplendor imperial de los Habsburgos. Acompañado de su esposa y de su hija, Freud desciende los escalones que lo alejan de su refugio en la montaña a la calle para verme partir. El me pareció cansado y triste al darme el adiós.
"No me haga parecer un pesimista -dice Freud después de un apretón de manos–. Yo no tengo desprecio por el mundo. Expresar desdén por el mundo es apenas otra forma de cortejarlo, de ganar audiencia y aplauso.¡No, yo no soy un pesimista, en tanto tenga a mis hijos, mi mujer y mis flores! No soy infelíz, al menos no más infelíz que otros".
El silbato de mi tren sonó en la noche. El automóvil me conducía rápidamente para la estación. Apenas logro ver ligeramente curvado y la cabeza grisácea de Sigmund Freud que desaparecen en la distancia....
George Sylvester Viereck
periodista del "Journal of Psichology"
año 1926, publicada en N. York en 1957
Traducción: Miguel Ángel Arce









